tu párvula boca

ficciones, realidades y otros sueños…

Donatella parmi les fauves

En el Salón de Otoño de 1905 el crítico francés Louis Vauxcelles se escandalizó al ver unas pinturas estridentes que liberaban al color de la tiranía del dibujo. Contrastándolas con una escultura de estilo renacentista que había en la sala exclamó su famoso “mais c’est Donatello parmi les fauves!” (pero si es Donatello entre las fieras) que daría nombre a la corriente pictórica fauvista.

Hace dos jueves, cualquiera que hubiera entrado en H&M podría haber exclamado un “mais c’est Donatella parmi les fauves!” al ver la colección de Versace low cost por la que muchos fanáticos de la moda se pasaron la noche en vela para conseguir alguna de las prendas diseñadas por la casa Versace y cosidas por las mismas niñas chinas de confianza de H&M de siempre. Pero en este caso no estaba muy claro quiénes eran la fieras, si las camisetas de 3,99 a veinte metros de la extravagante colección o un público enfurecido que arrasó con todas las prendas con tan poco tiempo de mirarlas, de probárselas, de pensar si verdaderamente las querían, que  durante las siguientes semanas han ido apareciendo de nuevo en las tiendas en forma de devoluciones. Una colección mamarrachamente divertida que, más allá de estampados imposibles de atardeceres y tigres, de palmeras e incrustaciones metálicas, propone una ficción, la ficción de llevar una prenda exclusiva cuando verdaderamente no lo es.

Una rubia tira de una palanca para producir en serie chicas iguales a ella, tan rubias como ella,  tan peinadas como ella, desalmadas y con la misma mirada perdida que tiene ella. Decenas de ojos vigilan desde las paredes la producción en serie de estos seres (des)human(izad)os. Seres que salen a una casa de los horrores donde unas cuerdas los atan para manejarlos como marionetas, donde manos de sombra los mueven a su antonjo, jaulas de oro les hacen pasear siempre en el mismo círculo y un laberinto sin salida aparente les atrapa. Esta ficción podría ser una novela de George Orwell o Aldous Huxley, pero es parte de la campaña de esta colección. Parece que la marca misma ironiza con la serialización de lo supuestamente exclusivo y se muestra sincera con su público: H&M makes us equal, por mucho que la Versace firme sus prendas.

Esta campaña está a caballo entre un ejercicio de sinceridad y una  burla mordaz al consumidor de la colección que se fascinará con la forma sin pararse a pensar que tal vez pueda plantear una reflexión de un rasgo primordial de nuestra cultura de consumo: el juego de la ficción, la pasión por lo sintético. Podremos comprar prendas de Versace como hacen los ricos (de dudoso gusto), pero eso no nos hará ricos. A diferencia de la exclusividad que ofrece un Versace real, su versión low cost nos hará iguales a los demás… ¡pero da igual! ¡Estamos jugando!

Bebemos zumo de naranja en botes que nos dicen que llevan un 80% de zumo, un 60%, un 20%. Mascamos chicles de fresa que no saben a fresa, yogures de melocotón que no saben a melocotón, hamburguesas de pollo que no se parecen en nada a un pollo, helados de limón que saben a ambientador. Establecemos un pacto de ficción al consumir ciertas cosas casi como cuando vemos una película. Si somos benevolentes y pensamos que un hombre con calzoncillos rojos puede volar, ¿por qué no íbamos a aceptar el sabor de los chicles boomer de fresa ácida? Es casi un ejercicio de imaginación, no se trata más que de continuar el juego de pequeños en el que un palo podía ser un caballo si nos lo poníamos entre las piernas o una hoja de árbol un billete para pagar.

A veces echo de menos el sabor de los chicles de fresa ácida, ese sabor que ha desaparecido para siempre y que nuestros hijos nunca encontrarán en una fresa de verdad.

Cartografía de lugares inventados

A veces las cosas van demasiado deprisa y hay momentos que te gustaría congelar, para disfrutarlos más. También hay cosas que te gustaría acelerar como los anuncios en las cintas VHS de películas grabadas de la tele cuando éramos pequeños. Tal vez ahora que todo va tan rápido necesito volver a pararme de vez en cuando y escribir.

Una de las cosas que me ha tenido acelerado (para bien) últimamente ha sido la exposición Esceno y grafías que estará hasta el 4 de noviembre en la sede de Cicus, en la calle Madre de Dios (Sevilla). Esceno y grafías muestra las cinco últimas propuestas escenográficas de Vaujaus Teatro, lugares que un día inventó Fran Pérez Román rodeado de un equipo para que personajes inventados por unos autores las habitaran y nos ofrecieran la ilusión de que sus vidas inventadas son de verdad. O al menos reales.

Jaulas y un trapecio, una ciudad de cartón que la lluvia convierte en casa danzante, las butacas de un teatro que se convierten en escenario, listas de madera para ocultar, para dejar ver el interior y el exterior de los lugares, de las personas, andamios que son camas, que son casas, luces que andan solas, ventanas y puertas para entrar en estos lugares imaginarios, refugios de historias que un día Alicia Gómez del Castillo echó a andar. Por la solidez de lo que encierran, de lo que callan, se nota que quienes firman estas escenografías tienen el bonito oficio de inventar lugares, algo que todos hemos hecho alguna vez aunque no sepamos cómo poner los cimientos.

Tanto el cine como el teatro generan objetos que parten de un texto, de un guión, y que ayudan a contar una historia. Pero si estos objetos son sólidos pueden llegar a invertir el proceso y ser fuente de inspiración para nuevos textos, nuevas ficciones. Lugares inventados que generan personajes con vidas inventadas. Este era el punto de partida para la invitación que se hizo en la inauguración a cinco dramaturgos jóvenes para que resignificaran las escenografías con cinco piezas cortas escritas para cada una de ellas.

Baldo Ruiz Cordero nos recordó la esencia del teatro como espectáculo, la locura y la frescura de la creación libre, el color de lo desinhibido. Paco Gámez nos inquietó en algún lugar de Andalucía, de España, de Europa… Un lugar suspendido en el vacío, habitado por las tres edades de la mujer,  y que el miedo puede tambalear. Antonio Rincón Cano (mi amigo, mi hermano) nos invitó a ser quienes que queramos ser, a buscar el corazón bajo la máscara y el disfraz, a ser felices, signifique eso lo que signifique. Sus personajes cobraron vida gracias a la dirección de Verónica Rodríguez (un auténtico regalo para nosotros). Pablo Canela unió muerte y humor, sexo y sentimientos en una reflexión sobre los prejuicios. Y yo presenté a un hombre de lluvia y una mujer de cristal, perdidos en un laberinto con un minotauro inventado que les hizo deambular hasta encontrarse. Jacinto Bobo y Cristina Domínguez fueron (y de alguna manera son) este hombre y esta mujer.

Cuando pienso en aquella noche recuerdo mucha gente joven haciendo un buen trabajo. Gente con talento y ganas de hacer, gente con las cabezas llenas de ideas, con las entrañas llenas de fuerza. Gente que ha diseñado las escenografías y las ha ejecutado, genteque ha ideado, diseñado y hecho realidad la exposición, gente que ha organizado un evento que abría de manera perfecta el feSt, escritores que ha propuesto nuevas ficciones, directores que las han puesto en pie, actores que nos han emocionado con sus emociones… Cuando pienso en aquella noche no entiendo por qué nos llaman la generación perdida. Espero que el tiempo sea justo con nosotros y pasemos a ser la generación hallada.

Señoras y señores (ladies and gentlemen)

Prometo volver a retomar el blog pronto. Los cambios, los muchos cambios, las novedades buenas, las sorpresas, casi no me dejan tiempo de sentarme a escribir. Mientras tanto, el inicio del autorretrato, la presentación de la presentación. La apertura de lo que me daba vértigo pensar. Señoras y señores, éste, entre otros muchos, soy yo.

I me mine

Después de unos vinos en una abacería portuguesa, un taxi me traía de vuelta a casa. El taxista me hablaba de facebook y yo, inevitablemente, no podía dejar de pensar en la generación yo.

El Renacimiento acabó con el modelo teocéntrico para dar paso a una concepción en la que el hombre era el centro de todo. Pero luego (no importa lo que tardó en llegar este luego) la segunda mitad del siglo XX despejaría la incógnita que dejaba el Renacimiento: el hombre es el centro de todo, pero ¿qué hombre? La respuesta era bien sencilla: YO.

Si el Universo entero empezaba a girar en torno al yo, la Posmodernidad nos terminó de hacer yoístas del todo con el consumo creativo. La María Antonieta de la Coppola, posmoderna hasta la médula, yoísta como la que más, come macarrones de colores, lleva peinados imposibles con maquetas de la marina mercante, bebe vinos espumosos como una cosaca y calza All Stars o Blahnik según la ocasión. María Antonieta, como yo, como tú, consume para ser una cosa y no la otra, se parece a algunos, sí, pero se diferencia de otros. ¿Que el pueblo no tiene pan? Pues que coman pasteles. En todo lo que hacemos estamos hablando de nosotros.

Me parece que hablar de uno mismo es completamente inevitable. Tal vez será porque vengo de una primera generación de redes sociales. Nos hemos expuesto en Fotolog, cuando pasamos de ser cuatro gatos a cuatro millones lo alternamos con Myspace, que más tarde abandonamos por Facebook, nos abrimos una cuenta en lastfm para dejar claro la música que escuchábamos, flirteamos con twitter para que todo el mundo supiera que nos acabábamos de levantar o que las lentejas nos habían salido de puta madre … YO en mi viaje a Berlín filtreado por gentileza de photoshop, YO que me pongo un fondo flúor y sleep with me c’mon why don’t you sleep with me shut up porque este mes se llevan los 90, YO que actualizo mi estado porque estoy contento de loco y le pongo a mis amigas un video en el muro del grupo adolescende del que estuvimos hablando ayer, YO que acabo de escuchar mi canción favorita de La Roux, yo que escribo una chorrada y lo lee una prostituta de Ohio que a saber cómo ha pasado por mi perfil y ha cliqueado sobre el follow.

De una manera a veces menos clara, y de antes de que fuéramos posmodernos, modernos o renacidos, el artista, el autor, ha hablado siempre de sí mismo a traves de sus obras, de una manera más o menos explícita, con mayor o menor conciencia de ello. ¿De qué puedes hablar si no es de tu universo? ¿Qué puedes expresar sino lo que sientes, lo que te interesa o te repugna, lo que te ha marcado, aquello que te hace llorar, gritar, sentir naúseas o soltar una carcajada?

Yo, que aún soy joven, que todavía no he hecho muchas cosas, veo esto cada vez más claro. Tal vez una obra tuya no la comprendas bien hasta que pasa un tiempo, y cuando pasa ese tiempo te das cuenta de que habías proyectado en ella cosas que llevabas dentro de una u otra forma. Tal vez las heroínas de Demasiado corazón no tenían tan poco que ver conmigo cuando su coche se alejaba hacia un horizonte incierto. Poco después del rodaje mi horizonte estaría desdibujado también, tendría tanta inseguridad como ellas y acabaría metido en un laberinto con el minotauro.

Ahora, con mi horizonte trazado, recibo un email con un encargo para el primer día del máster de la ESCAC: una presentación de mí mismo, un autoretrato audiovisual. Y yo, después de hablar de mí indirectamente tantas veces, no sé cómo hacerlo ahora. Un amigo me aconseja que mire los autorretratos de Frida para inspirarme, pero yo no sé si soy capaz de desnudarme como la Kahlo. ¿Qué quiero contar de mí? ¿Cómo quiero contarlo? YO, que llevo años generando discurso sobre mí mismo, ahora me pierdo ante el folio en blanco, ante la cinta virgen, ante el botón rojo del rec. Y no sé qué decir de mí.

Goodbye Neverland Rose (The day the Pop stood still)

Cena en una terraza para aprovechar los pocos momentos en los que el día perdona las horas de fuego. Llega un mensaje. Michael Jackson ha muerto. Recuerdo la época en la que en Madrid de madrugada se jugaba a decir  que la gente había muerto (Carmen Sevilla ha muerto, Marisol ha muerto, Concha Velasco ha muerto). Pienso que no es más que una broma macabra. Rumorología como la que mató a Shakira o a la mujer de un torero que no me acuerdo cómo se llama. Segundo mensaje en la mesa. “Michael Jackson ha muerto en LA“. Esto empieza a oler a verdad.

Han pasado más de diez días. Ahora el cortejo fúnebre ya ha salido, y los restos mínimos del rey del pop viajan por Los Ángeles en un ataúd forjado en oro para su último show. No quedan entradas para ver cómo baja el telón. Fin del acto. Fin de la obra. Aplausos y adiós. La estrella se ha apagado. La luz del mito no ha hecho más que empezar. Pobre Michael.

Atracón de pastillas en el castillo de los horrores, datos (falsos o no) de autopsias espeluznantes, pinchazos de sustancias mágicas que te llevan a otro mundo, Liza Minelli echando leña al fuego declarando que con la autopsia “se va a armar la de Dios”, herederos, gestores de herencias, médicos falsamente fugitivos, deudas millonarias. Ah, y un fantasma.

Yo, que nunca he sido demasiado seguidor de Jacko, no puedo sin embargo quedarme frío. Sí, saltarán los demagogos con los niños de África muertos de hambre, pero Michael ha sido el primer mito de nuestra generación en morir. Y como mito generacional, aunque no lo siguieras, estaba ahí. En la música que escuchaba tu hermano, en la camiseta de alguien que pasaba por la calle… Tal vez mi recuerdo más cercano a Michael Jackson sea jugar a su juego en la Game Gear. Michael de blanco impoluto, matar bailando. Vivir cantando, bailando, cambiando el color de la piel, la fisionomía nasal, vivir creando una disneylandia de andar por casa, casándose con la hija de otro mito, balanceando el cuerpo de su hijo sobre los tilos de Berlín, vivir llevando mascarilla, vivir creando un mundo de ilusión, maquillando la realidad.

Ojalá haya sido más feliz de lo que parece el niño que cantaba como los ángeles y aprendió a bailar como el mismo diablo.

Adios Michael, espero que allá donde estés juegues con Farrah Fawcett a llevar a cabo misiones para un hombre llamado Charlie. Dale a Farrah un beso de mi parte, y bailad toda la noche caminando sobre la luna.

Don’t bring me down

Las despedidas, los jet lags, los aviones, las maletas hechas y desechas. Demasiadas cosas para recuperar el ritmo, pero poco a poco llega.

De momento aquí dejo mi particular poema a Nueva York, el videoclip trabajo final de la New York Film Academy.

New York, I love you (and you’ll never bring me down)

Go Billy!

Billy era un niño que un buen día decidió guardar bajo llave los guantes de boxeo para no usarlos nunca más. Billy no quería dar puñetazos. Billy se puso unas zapatillas de ballet. Billy todavía no lo sabía, pero Billy quería bailar. Go Billy!

Hace ya nueve años que que el niño de la revolución personal en plena revolución minera, tomó una decisión para enseñarnos que lo más cabal es elegir ser uno mismo. Era el año 2000 y Billy Elliot salía a la gran pantalla llenando las salas y recibiendo más de un merecido premio. Cinco años después el West End londinense estrena la versión musical, consiguiendo también numerosos premios y éxito de crítica y público.

2009. La versión que Broadway nos ofrece de Billy Elliot parte como favorita indiscutible en la próxima gala de los premios Tony con quince nominaciones. Yo, que acabo de verla, espero que se las lleve todas.

El musical parte con dos ingredientes muy buenos: el guión y las letras corren a cargo de Lee Hall, el guionista de la versión cinematográfica, la música la firma Sir Elton John. Después de tres horas de espectáculo sales satisfecho de haberte gastado una fortuna, con una sonrisa y tal vez los ojos rojos de alguna lágrima traicionera. Billy Elliot demuestra que el musical no es un género menor, o no tiene por qué serlo.

El musical como género suele crear filias y fobias. Yo, que me encuentro más cercano a las filias, pienso que ambas son igual de irrazonables. Es verdad que en el musical hay mucho espectáculo barato, mucho refrito comercial con poco gusto, ¿pero acaso no es cabezonería perderse algunos títulos por posicionarse en contra? A mí me gusta reír con Cantando bajo la lluvia, tararear el America de West Side Story, sentir compasión por la pobre Sally Bowles en Cabaret, o si nos ponemos más freaks o independientes, gorgoritear con Susan Sarandonga en Rocky Horror Picture Show o creer que tenemos un alma gemela descosida de nuestra espalda con Hedwig and the Angry Inch. Y del lado del teatro, personalmente no he visto en Londres o en Broadway ningún musical que no haya valido la pena por algo. Aunque tal vez en España el caso sea diferente.

En España el musical no tenía tradición ninguna, hasta que de repente a la gente le dio por él. Casi empezó a despuntar con El hombre de la Mancha, pero sería un poco después cuando el musical empezó a extenderse por los teatros de Madrid: la magia de Broadway desembarcaba en la Gran Vía con La bella y la bestia. Aquel montaje carísimo, bien cuidado, bien hecho, llenó la sala durante años. Vinieron luego otros clásicos (Cats, El fantasma de la ópera…) que consiguieron casi el mismo éxito. Y llegó el peligro. Si los buenos musicales llenan las salas ¿las llenarían también los malos? La respuesta fue que sí, así que fin de la calidad en el musical español. Empezaron a mezclarse producciones de segunda fila con las nuevas creaciones españolas. Producciones rápidas y poco cuidadas para hacer mucho dinero y muy poco arte. No quiero hablar ni de unas ni de otras. No se lo merecen. Siempre hay excepciones, claro, como el Sweeney Todd que este otoño dirigía Mario Gas de nuevo en el Español, con una Vicky Peña soberbia.

Pido disculpas por la digresión. Siempre fui de conversaciones múltiples.

Al empezar esta noche Billy Elliot he tenido que hacer un pequeño esfuerzo para adaptarme. Lo que iba a ver no era la película. Algunas escenas más cómicas rompían el tono más serio de la película. Pero esto es Broadway, y aquí la gente viene a soñar y olvidarse de sus problemas. En la primera canción yo ya era suyo, con los primeros diálgos paso la transición para adaptarme. En la segunda canción lo han conseguido, ya soy de ellos por completo hasta el final.

Los personajes siguen siendo entrañables, complejos, con intereses enfrentados, con conflictos bien planteados. Al igual que en la película me quedo con la abuela, con la profesora y con el amigo de tendencias travestis. Y con Billy.

Michael, el amigo de Billy, sigue aportando un punto de inocencia, una mirada limpia a ser como eres y quererte de esa manera. Pero este Michael baila claqué.

La abuela, que ya por ser abuela tiene mucho ganado, vuelve a ganar un poco más sobre el escenario. En una canción para ella sola nos abre el alma, nos canta que su matrimonio era una mierda, pero que se olvidaba de todo cuando su marido la sacaba a bailar. Lo pero es que al día siguiente volvía a estar sobrios. La abuela desea volver atrás para vivir una vida sin hombres y sin pasar un día sobria. Lo hace en casa, bailando con somras de otro tiempo con una camisón de lentejuelas bajo la bata, aunque más bien parezca una historia para ser contada con un vaso de ginebra en una taberna de marineros.

Mrs. Wilkinson, la profesora de ballet de Billy, también tenía una dura competencia con la imagen en la retina de la magnífica Julie Walters para la versión cinematográfica. Vuelve a no importar, estás en otra cosa y no te acuerdas de la película. Esta Wilkinson es más estrella frustrada, más Tony Manera de provincias que algún día soñó con ser alguien, más Eva Nasarre con ansias de revista musical. Es completamente maravillosa.

La puesta en escena tiene momentos de genio, sobre todo en la unión del mundo del ballet, del mundo de Billy, con el de la huelga minera en tiempos de Margaret Tatcher. En este sentido tanto la estructura de la canción Solidarity como su puesta en escena, van acrecentando la emoción hasta llegar a un clímax perfecto. La policía intenta sofocar el levantamiento de los mineros al igual que la sociedad intentan apagar la chispa de Billy. Pero Billy tiene que encenderla. Billy tiene que demostrar que ese mundo de mujeres hay lugar para un hombre. Y heterosexual.

Tal vez el mejor momento de puesta en escena sea el final del primer acto, donde vemos perfectamente esta unión de los dos mundo, este ahogo de Billy en mitad una sociedad ahogada por la policía. Pero en esto cuenta mucho también la interpretación de Billy. Hablemos de él.

Hoy he visto a un artista, a un genio, a una estrella. Trent Kowalik lo es. Es la primera vez que veo en un teatro a todo el público en pie aplaudiendo cuando a la obra le queda al menos un cuarto de hora para acabar. Trent, después del número de la audición para el Royal Ballet se lo merecía. Y no se lo merecía sólo por la técnica, se lo merecía porque bailaba con pasión, como Billy, como hay que bailar, como hay que hacer las cosas que nos hacen felices. Trent es todavía sólo un niño, y espero que siga siendo igual de brillante a lo largo de toda su vida. Me creo cada momento de su actuación, me emociona cada vez que tiene que hacerlo. Es difícil encontrar ese grado de genio en un niño tan pequeño.

La obra, en un giro de tuerca, hace bailar a Billy consigo mismo de mayor. Y es sólo entonces cuando Billy es capaz de enfrentarse a sus miedos, cuando es capaz de enfrentarse a sí mismo. Sólo cuando es él el que se sujeta, el que se eleva en portés por los aires, es capaz de volar. Porque ¿acaso bailar no es volar al fin y al cabo? O pintar, o escribir un poema, o lo que sea que deseemos hacer. Y para saltar al vacío y emprender el vuelo tenemos que darnos un empujón nosotros mismos. Digresiones de nuevo. Será que en los dos últimos días me han hecho demasiadas preguntas profundas, demasiadas indagaciones sobre mis deseos, sobre mis anhelos. “¿Tienes muchos sueños?”, me han dicho.

Sí, tengo muchos sueños.

Mrs. Wilkinson tiene razón, we were born to boogie. Que cada uno elija pareja para el baile y decida la música que quiere bailar. Las mejores canciones están siempre a punto de empezar.

En la Disneylandia del terror

Como uvas y queso francés mientras apuro las últimas gotas de un licor de ultramar. Mascarillas postindustriales y envases de alcohol vacíos desolan el panorama de mi habitación después de la Fiesta Porcina. Un deportivo de dudoso gusto acaba de dejarme en la puerta del palacio donde hace apenas unas horas Cinderella olvidó sus zapatos. I love New York.

Dije hace muy poco que una de mis asignaturas pendientes de la ciudad era el Guggenheim. Eso era, claro está, hablando de la parte cultural, de la parte mainstream, del top 20 de Nueva York. Pero del lado ocioso, de lado under mainstream, del lado bizarro, mi gran asignatura era Coney Island.

Coney Island es un túnel en el tiempo, un viaje a la América profunda, a la clase media-baja de este país, un parque de atracciones de otra época, que hace poco amenazó con ser derrumbado pero que el cariño bizarro ha mantenido en pie. Cada año una cabalgata de sirenas celebra la existencia de este monumento freak compuesto de tenderetes de porquerías, atracciones de otro siglo y un playa tóxica.

Coney Island está lejos, bastante lejos. Esto ha ayudado a mantener su autenticidad. Sólo lugareños de Brooklyn y fetichistas del bizarre acudimos a este punto in the middel of nowhere sólo para decir que hemos estado. La cosa es que una vez estás da igual decirlo o no, disfrutas del decadente vintage de su esencia minuto a minuto.

Nada más bajar del metro te recibe Nathan’s, tugurio de fritanga rápida americana con unas patatas con queso radiactivas que suman las calorías que tu cuerpo necesita en tres días. Esto es América y no Nueva York. Nueva York es otra cosa, que casualmente está en América. Paseamos deslumbrados por los neones que parpadean eclipsando la luz del sol. Comemos malvaviscos, como en tantos dibujos animados, para descubrir que no son exactamente esponjitas. Manzanas de mil caramelos relucen mutantes en los escaparates, vigiladas desde lo alto por algodones de azúcar multicolor.

Camino a la playa manojos de globos discurren entre el suelo y el cielo según el helio que quede en su interior. En un solar, la medianera de un edificio casi en ruinas se adorna con una pintura de baseboll. God bless America. Los desauciados de la torre de Babel tumban sus cuerpos en la arena intentando aprovechar los últimos rayos de sol. Una palmera de plástico levanta su tronco orgullosa, y al lado, un niño negro salta sobre la montaña que él mismo ha construido. Intentamos subir, pero el niño es buen vigía, y nos cuesta convencerlo. Merece la pena. Indudablemente las vistas son mejores medio metro más arriba. Avistamos la noria. No una noria cualquiera, es la Wonder Wheel.Esta noria, además de noria, es prima hermana de una motaña rusa, por lo que sus calesas se van moviendo a medida que giras. Desde arriba más atracciones bizarras, carpas sucias, luces de neón, bombillas fundidas, apartamentos de ladrillo amenazante, el puente de Brooklyn, la palmera falsa y el mar.

Nada más bajar una máquina de predicciones. Encerrada en ella una señora mayor con un pañuelo de monedas anudado en la cabeza, una vidente que, haciendo caso de su aspecto, debe tener años de experiencia. Años de plástico. Experiencia de plástico. Con venticinco centavos descubro mi porvenir. Es alentador. La señora debe tener razón.

Casetas de tiro, de daros, de pistolas de agua que quieren que juegues aunque seas el único participante (y por tanto ganador), un solar donde los visitantes más despiadados juegan a tiro al freak. Al fondo se avista Cyclone, una montaña rusa hecha polvo. Vamos a verla. Pasamos por un freak show que anuncia miles de seres bicéfalos, experiencias increíbles, la existencia de la mujer araña. Nos da demasiado miedo que sea verdad como para entrar. Topamos con vitrinas con más seres de plástico.

Érase una vez Miss Coney Island. Miss Coney te hace su baile de la muerte por sólo venticinco centavos (el mismo precio de averiguar tu destino).  Ritmo de engranajes bajo el plástico cubierto por estampados de flores, complementados con botas casi ortopédicas. Miss Coney Island tiene la mirada triste, perdida, como ausente. Miss Coney, puta de escaparate. Payasa barata que baila para el peor postor. Que Dios salve a la Miss.

Atardece en Coney Island. En la verdadera América profunda. Es hora de volver a la falsa Nueva York. Falsa en el mejor sentido. Falsa en que se parece tanto a las películas que la han recreado, que casi parece un parque de atracciones de sí misma. Falsa porque es aunténtica, falsa porque es irreal y es como un sueño. Falsa porque es actriz. Y poetisa.

Me voy a la cama. Dentro de cinco horas mis ojeras tienen que dar cuentas ante el cine taiwanés.

 

Me gusta cuando callas (porque estás como ausente)

Ir al cine tiene algo de meterse en la caverna de Platón. Desde la oscuridad, unas imágenes de otro mundo se proyectan en una pantalla, y conociendo ese mundo imaginado puedes experimentarlo, vivirlo de algún modo. La fuerza del cine hace que mientras estás viendo la película tomes por “real” el mundo que estás viendo, no importa lo diferente que sea del mundo en el que vives.

A mí, que la imagen cinematográfica me produce especial fascinación, me encantan las imágenes de cine mudo, en tanto que son más cinematográficas que reales. La calidad que ofrece una película actual te permite olvidarte casi por completo de que estás viendo una película, pero la textura del mudo te recuerda constantemente el medio que te está narrando la historia. Me gusta el parpadeo de la imagen muda, me gusta los cambios de velocidad, las manchas en el película, los bordes quemados o subexpuestos… Me gusta saber que lo que estoy viendo no es la vida real (aunque a veces intentemos que sea así), sino una obra de arte.

De repente, me doy cuenta de que tengo una cámara de cine bastante antigua, no tanto como el cine mudo, pero sí lo bastante para que con cierta película y ciertos toques la imagen quede bastante hecha polvo, bastante perjudicada, bastante muda.

Con Rapunzel, que no es más que un ejercicio de clase, no pretendo imitar al cine mudo (no sin tener el tiempo suficiente de prepararlo), pero sí homenajearlo, recordar que, si nunca volverá, tampoco se irá nunca y ahí está para recordarnos cómo empezó todo. Espero que os guste.

La decisión de Juliet

Juliet decidió de repente cambiarlo todo. Tomó una decisión y no se echó atrás en el último momento. Fin de los versos de amor.

Desde que empezó Lost he tenido con esta serie una relación de amor-odio inacabable. Y ayer, que terminé de ver la penúltima temporada, sentí una especie de nostalgia anticipada por saber que la próxima será la última. Para quien no la haya seguido y quiera hacerlo, no os preocupéis, prometo no desvelar nada.

Recuerdo la primera vez que vi Lost. Era septiembre y estaba aburrido, con mucho tiempo libre hasta que volvieran a empezar las clases. Me senté y vi tres capítulos seguidos. Hay que reconocer que el piloto es muy bueno, te presenta unos personajes interesantes, una situación de conflicto (el accidente del Oceanic 815), y plantea una pregunta: ¿qué coño pasa en esta isla?.

Cinco temporadas después los personajes han ido cambiando, ya no están todos los del principio pero hay algunos nuevos. Siempre, claro, unos más interesantes que otros. La situación conflictiva ha ido cambiando, y la pregunta de qué pasa en la isla ha ido poco a poco aclarándose (no del todo) para dejar paso a una nueva pregunta: ¿por qué coño pasa esto en esta isla?

A veces creo que se les ha ido un poco de las manos, que si en vez de seis temporadas hubiera tenido cuatro, la serie hubiera sido mucho mejor, más clara, más interesante. Porque alargando tanto la incógnita han llegado a meter tantas tramas, tantos personajes, tantos enigmas nuevos, que casi resulta imposible seguirlo todo, y hay cosas muy buenas que por culpa de esto han perdido fuerza.

Los juegos con el tiempo, por ejemplo, me parecen de lo mejor de la serie. Descubren facetas de los personajes en su pasado que les dan más profundidad, capas de complejidad que los hacen más reales a la vez que más personajes. La historia de John Locke (mi personaje favorito durante la primera temporada) o de Sawyer antes de la isla, me parecen más interesantes incluso que después del accidente. Ayer, sin embargo, en el último capítulo de la quinta temporada, me di cuenta de que había olvidado cosas muy importantes, detalles vitales en estos dos personajes. Tal vez la información que había llenado sus huecos me sobraba mucho más, pero, pido perdón, mi memoria no da para tanto si además estoy siguiendo otras series, otras películas, otros libros. En definitiva, sigo otras historias que no me permiten tener toda mi atención en Lost (Dios me libre). Esta es quizás la parte que más me irrita de Perdidos, la exigencia con el espectador de “sé un friki o muere en el intento de seguirnos”. Pues muy bien, yo aquí sigo cinco temporadas después, aunque haya cosas que se me escapen, aunque a veces me gustaría que fuera como un libro y poder saltarme capítulos para llegar al final.

Ya he comentado que en un principio mi personaje favorito era John Locke. Desde su homenaje al Padrino con la cáscara de naranja por sonrisa me pareció el más intrigante, el que tenía más niveles, más cosas escondidas que salían a la supeficie poco a poco de una manera preciosa. Pero Locke fue degenerando, y entonces apareció Juliet.

Apareció siendo una cosa, para luego volverse otra, para volverse lo que siempre había sido, lo que se veía venir que era: un alma cándida. Juliet es buena, pero no tonta, Juliet sonríe tan bien como pega un tiro. Juliet habla mucho más por lo que calla que por lo que dice. Y ayer Juliet tomó una decisión, y la llevo a cabo. Fin de los poemas de amor, se acabó jugar a la casa de muñecas. Bien por Juliet. Bien por la pobre Juliet.

Dentro de un año todos sabremos qué pasa con esta isla. Después de todo, a lo mejor la isla no es más que un reflejo de nosotros mismos.

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