Cartografía de lugares inventados

por tuparvulaboca

A veces las cosas van demasiado deprisa y hay momentos que te gustaría congelar, para disfrutarlos más. También hay cosas que te gustaría acelerar como los anuncios en las cintas VHS de películas grabadas de la tele cuando éramos pequeños. Tal vez ahora que todo va tan rápido necesito volver a pararme de vez en cuando y escribir.

Una de las cosas que me ha tenido acelerado (para bien) últimamente ha sido la exposición Esceno y grafías que estará hasta el 4 de noviembre en la sede de Cicus, en la calle Madre de Dios (Sevilla). Esceno y grafías muestra las cinco últimas propuestas escenográficas de Vaujaus Teatro, lugares que un día inventó Fran Pérez Román rodeado de un equipo para que personajes inventados por unos autores las habitaran y nos ofrecieran la ilusión de que sus vidas inventadas son de verdad. O al menos reales.

Jaulas y un trapecio, una ciudad de cartón que la lluvia convierte en casa danzante, las butacas de un teatro que se convierten en escenario, listas de madera para ocultar, para dejar ver el interior y el exterior de los lugares, de las personas, andamios que son camas, que son casas, luces que andan solas, ventanas y puertas para entrar en estos lugares imaginarios, refugios de historias que un día Alicia Gómez del Castillo echó a andar. Por la solidez de lo que encierran, de lo que callan, se nota que quienes firman estas escenografías tienen el bonito oficio de inventar lugares, algo que todos hemos hecho alguna vez aunque no sepamos cómo poner los cimientos.

Tanto el cine como el teatro generan objetos que parten de un texto, de un guión, y que ayudan a contar una historia. Pero si estos objetos son sólidos pueden llegar a invertir el proceso y ser fuente de inspiración para nuevos textos, nuevas ficciones. Lugares inventados que generan personajes con vidas inventadas. Este era el punto de partida para la invitación que se hizo en la inauguración a cinco dramaturgos jóvenes para que resignificaran las escenografías con cinco piezas cortas escritas para cada una de ellas.

Baldo Ruiz Cordero nos recordó la esencia del teatro como espectáculo, la locura y la frescura de la creación libre, el color de lo desinhibido. Paco Gámez nos inquietó en algún lugar de Andalucía, de España, de Europa… Un lugar suspendido en el vacío, habitado por las tres edades de la mujer,  y que el miedo puede tambalear. Antonio Rincón Cano (mi amigo, mi hermano) nos invitó a ser quienes que queramos ser, a buscar el corazón bajo la máscara y el disfraz, a ser felices, signifique eso lo que signifique. Sus personajes cobraron vida gracias a la dirección de Verónica Rodríguez (un auténtico regalo para nosotros). Pablo Canela unió muerte y humor, sexo y sentimientos en una reflexión sobre los prejuicios. Y yo presenté a un hombre de lluvia y una mujer de cristal, perdidos en un laberinto con un minotauro inventado que les hizo deambular hasta encontrarse. Jacinto Bobo y Cristina Domínguez fueron (y de alguna manera son) este hombre y esta mujer.

Cuando pienso en aquella noche recuerdo mucha gente joven haciendo un buen trabajo. Gente con talento y ganas de hacer, gente con las cabezas llenas de ideas, con las entrañas llenas de fuerza. Gente que ha diseñado las escenografías y las ha ejecutado, genteque ha ideado, diseñado y hecho realidad la exposición, gente que ha organizado un evento que abría de manera perfecta el feSt, escritores que ha propuesto nuevas ficciones, directores que las han puesto en pie, actores que nos han emocionado con sus emociones… Cuando pienso en aquella noche no entiendo por qué nos llaman la generación perdida. Espero que el tiempo sea justo con nosotros y pasemos a ser la generación hallada.

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