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La noche que acabó en boda

Hace ya un año, el 4 de marzo, me invitaron a compartir mi código fuente audiovisual en la presentación del festival ZEMOS98. A través de material audiovisual fui enseñando un mapa de mis referencias a la hora de crear, conceptos que me interesaban y habían aparecido en fragmentos que de una u otra manera me fascinaban. A la vez, casi inevitablemente, iba mostrando mis entrañas, mis deseos y mis debilidades, mis anhelos y mis miedos. Esa noche, con un final feliz infinito, me parece, un año después, tan lejana como cercana en esa sensación esquizofrénica de un tiempo vivido con plenitud y que me ha hecho inmensamente feliz. Quiero compartirlo ahora de nuevo, porque las cosas que nos hacen bien hay que recordarlas y compartirlas.

Cuando empecé a pensar qué elegir para mostrar, sufrí el terrible miedo a la hora en blanco: el no saber por dónde empezar. La primera opción que pensé era recurrir a mis películas favoritas, pero siempre he odiado hacer listas de favoritos. Me gustan tantas cosas que me cuesta desechar, así que me saldría un repertorio excesivamente largo. Finalmente decidí empezar por un concepto que me parecía muy ligado a la creación, para ver así a qué otro concepto me llevaba este primero y emprender un viaje a ciegas sin saber muy bien a dónde llegaría.

el big bang.

Para empezar, este fragmento de Zabriskie Point de Antonioni: una explosión, un Big Bang, el principio de todo. Me gusta mucho la idea de que nazcamos de una explosión, porque para mí la creación artística es un poco igual. Todo parte de una explosión que se produce dentro de nosotros y esparce unos elementos. Una explosión que viene del corazón, de la cabeza, de las entrañas… de donde sea. Y esa explosión es la que te genera la necesidad de crear.

Pero por mucho que se cree el mundo, para que nosotros estemos aquí ha tenido que nacer el hombre. Igual pasa en las ficciones. Se crea un mundo con la explosión, pero necesitamos poblarlos de personajes para contar historias.

En muchas mitologías, tanto la judeocristiana como otras paganas, el dios o los dioses crean un ser de barro o de otro elemento y le dan la vida. Así que eso somos, muñecos insuflados de vida por los dioses.

el nacimiento del hombre.

Cuando nos ponemos a pensar en qué nos influye, a veces caemos en el error de creer que el cine sólo nos ha influido después de conocer a Godard o aprender a escribir Ernst Lubitsch correctamente, pero eso no es así. Por eso quería incluir algo que me fascinara desde la infancia. Yo siempre había pensado que Chitty Chitty Bang Bang era como Mary Poppins, una película en el imaginario de todo el mundo, pero al crecer me di cuenta de que no, y me parece algo horroroso. Todo el mundo debe ver Chitty Chitty Bang Bang. En esta película hay muchas cosas que le pueden gustar a un niño, como un coche que vuela, pero a mí desde pequeño me atrajo especialmente este fragmento y no sabía por qué. Ahora creo que lo que me gusta es la mirada que tienen ellos dos al final. Son dos personajes que durante toda la película, de manera muy inocente porque es para niños, tienen una tensión sexual evidente y en esta mirada lo reconocen. Justo cuando están disfrazados es el momento en el que no pueden esconderse y se delatan. Tal vez había cierta excitación en mí porque en eso veía una mirada precoito, casi. Inevitablemente aparece el sexo. Se crea el mundo, nace el hombre y el hombre se reproduce a través de sus relaciones sexuales.

Y con el sexo llega la danza. No sé qué valor antropológico tendrá esto, pero me da igual porque yo creo ficciones, y me gusta pensar que aprendimos a bailar para conquistar. La danza, después de todo, es nuestro rito de cortejo.

danzad, malditos.

Este fragmento pertenece a Pas de deux, del videoartista Norman McLaren. Es muy sencillo, sin nada de posproducción, con todo el trucaje hecho en cámara, pero resulta muy hipnótico. Cuesta apartar la mirada de la imagen de estos bailarines automultiplicados que se acercan y se comunican con el movimiento de sus cuerpos. Pero si estamos hablando de sexo tal vez tengamos que ponernos más explícitos.

el origen del mundo.

Gustav Courbet llamó a este cuadro El origen del mundo.  Dudo mucho que Courbet se quedara tan en la superficie y pensara que simplemente el sexo es el origen del mundo. Verdaderamente, el origen del mundo es el amor.

Este fragmento pertenece a Johny Guitar. Aunque Johny Guitar sea un western, ésta es mi escena favorita de melodrama. El melodrama suele ser un género bastante denostado, mal visto. Queda bien decir que no te gusta el melodrama, pero a mí me parece algo absurdo, porque el 90% de las películas contienen algo melodramático. Decir que no te gusta el melodrama es como decir que no te gusta la cebolla y luego comértela en todas las salsas.

Pero volvamos al tema del que estábamos hablando. Decíamos que el origen del mundo, o de la creación, es el amor. Para crear algo hay que amar, aunque sólo sea al deseo de crear. Pero todo tiene su opuesto. El opuesto de la creación sería la destrucción, y en cierto modo hay que destruir algo para crear algo.

el origen de la guerra.

La artista francesa Orlan llamó a este cuadro El origen de la guerra, en contraposición al de Courbet.

Si para hablar del amor utilizamos un western, también vamos a utilizar otro para hablar de la guerra. Es Pat Garrey y Billy the Kid, una película de Sam Peckimpah. El western también es un género que solemos valorar negativamente, seguramente porque cuando éramos pequeños nuestros abuelos veían unos westerns horrorosos cuando nosotros queríamos ver los dibujos animados, pero algunos son maravillosos. Lo que me gusta de éste es que habla de la traición inevitable por las circunstancias. Es un western crepuscular, que habla del final del oeste, de cuando el salvaje oeste deja de ser tan salvaje porque llega la civilización. Pat Garret, que era compañero de Billy the Kid, un forajido como él, se ha pasado al lado de la civilización, de la ley, y ahora tiene que buscar a su amigo para matarlo. Es algo muy triste, y en realidad esto es lo más triste que tienen las guerras: separar a la gente en bandos y obligarles a matarse.

En este fragmento se encuentra la situación que he contado: Patt Garret matando a alguien que antes era de su bando, un viejo amigo. Pero esto pasa a un segundo plano de repente por la muerte de este señor, que siendo completamente secundario tiene una de las muertes más espectaculares del cine. La manera en la que está narrada esta muerte le da un halo casi místico. No se queda quieto donde ha recibido el tiro, sino que algo le llama hacia el río, como si fuera la vida que va al mar que es el morir. La indígena que intenta acercar se a él, pero no se atreve y le deja su espacio, su intimidad con la muerte, y sonríe mientras llora como si la muerte sólo fuera un tránsito. El cielo está encendidísimo, como habitado por un dios. Y Dylan. Dylan llamando a las puertas del cielo porque the times they are changin’.

Ya tenemos el amor y la guerra como dos polos, pero a veces estos polos se mezclan y las batallas se libran en las trincheras de los sentimientos. De todas estas guerras, las que más me gustan en la ficción son las guerras frías, en las que los bandos se arman pero no son capaces de empezar la batalla, los personajes no pueden comunicarse y todo va por dentro.

vietnam, mon amour.

Las guerras en el amor producen heridas, daño. Supongo que así debieron empezar la pena y la tristeza.

El fuego fatuo, de Louis Malle, me recuerda un poco a A Single Man, de Tom Ford. En las dos vemos un día en la vida de un hombre con deseos suicidas, pero, claro, la de Malle es francesa y por tanto más existencialista. En ella se encuentra la defición más bonita de la tristeza.

une, perpetuelle.

La pena como una angustia única y perpetua. La felicidad también es igual, una y perpetua y lo impregna todo.

Esto depende mucho de la mirada de cada uno, del sentimiento con el que decide vivir. Me gustan mucho los personajes (y las personas) que ven su vida de una forma especial, que son autores de su vida no sólo por lo que hacen sino por cómo fabulan su propia vida. Fellini es especialista en crear personajes con universos propios, que viven en paraísos artificiales que ellos mismos han creado. De estos personajes, mi favorita es Julieta de los espíritus.

dream a little dream of me.

El abuelo de Julieta tomó una decisión y su vida no volvió a ser la misma. A mí siempre me ha costado mucho tomar una decisión, menos en algunas cosas importantes. Me cuesta no por miedo a enfrentarme al camino que elijo, sino por nostalgia de no vivir lo que he decidido descartar. Antes de tomar una decisión todo puede pasar. O no pasar. A esto hay a quien le gusta llamarlo contingencia.

contingencia.

Muy relacionado con lo que pase o no pase están las casualidades y la causalidades. Todo lo que hagamos tiene una consecuencia pero hay cosas que no podemos controlar.

casualidad.

1. f. combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.

Cuando vivía en Francia tuve una asignatura de francés horrorosa en la que teníamos que estudiarnos definiciones de las palabras. A mí aquello me enfadaba mucho porque me parecía absurdo e inútil, pero me di cuenta de que a veces una definición de diccionario es tan simple y tan fría que está abierta a más significados. Hubo una que me gustó especialmente. Collision. Choque de deux corps qui se rencontrent. Colisión. Choque de dos cuerpos que se encuentran. Una colisión empezó a parecerme algo precioso.

El siguiente fragmento trata de esto, de las casualidades/causalidades y de una colisión.

Todos estamos expuestos a esto, a que una serie de catastróficas desdichas o maravillosas casualidades sucedan y nos cambien la vida para siempre.

Tal vez sea esta incertidumbre la que nos hace querer celebrar las cosas de las que estamos seguros, la que nos hace establecer ritos. Celebramos que alguien ha nacido, celebramos cumpleaños, celebramos que ha crecido o celebramos que nos amamos y nos casamos.

Ojalá un día me encuentre yo con una boda como ésta.

las bodas de caná.

Una novia que vuela, un mono invitado y una tarta con músicos. Resulta difícil imaginar una boda más completa.

Para cerrar el ciclo, ya que empezamos hablando de la creación, tenía una pieza sobre la muerte, pero al final se me quitaron las ganas y como no creo en la muerte decidí no hablar de ella.

Decidí cerrar con un vals, porque mi mejor recuerdo de ZEMOS es un vals, para que celebrásemos bailando el banquete de la boda que acabábamos de ver y de las bodas que estuvieran por venir.

bonus track.

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Donatella parmi les fauves

En el Salón de Otoño de 1905 el crítico francés Louis Vauxcelles se escandalizó al ver unas pinturas estridentes que liberaban al color de la tiranía del dibujo. Contrastándolas con una escultura de estilo renacentista que había en la sala exclamó su famoso “mais c’est Donatello parmi les fauves!” (pero si es Donatello entre las fieras) que daría nombre a la corriente pictórica fauvista.

Hace dos jueves, cualquiera que hubiera entrado en H&M podría haber exclamado un “mais c’est Donatella parmi les fauves!” al ver la colección de Versace low cost por la que muchos fanáticos de la moda se pasaron la noche en vela para conseguir alguna de las prendas diseñadas por la casa Versace y cosidas por las mismas niñas chinas de confianza de H&M de siempre. Pero en este caso no estaba muy claro quiénes eran la fieras, si las camisetas de 3,99 a veinte metros de la extravagante colección o un público enfurecido que arrasó con todas las prendas con tan poco tiempo de mirarlas, de probárselas, de pensar si verdaderamente las querían, que  durante las siguientes semanas han ido apareciendo de nuevo en las tiendas en forma de devoluciones. Una colección mamarrachamente divertida que, más allá de estampados imposibles de atardeceres y tigres, de palmeras e incrustaciones metálicas, propone una ficción, la ficción de llevar una prenda exclusiva cuando verdaderamente no lo es.

Una rubia tira de una palanca para producir en serie chicas iguales a ella, tan rubias como ella,  tan peinadas como ella, desalmadas y con la misma mirada perdida que tiene ella. Decenas de ojos vigilan desde las paredes la producción en serie de estos seres (des)human(izad)os. Seres que salen a una casa de los horrores donde unas cuerdas los atan para manejarlos como marionetas, donde manos de sombra los mueven a su antonjo, jaulas de oro les hacen pasear siempre en el mismo círculo y un laberinto sin salida aparente les atrapa. Esta ficción podría ser una novela de George Orwell o Aldous Huxley, pero es parte de la campaña de esta colección. Parece que la marca misma ironiza con la serialización de lo supuestamente exclusivo y se muestra sincera con su público: H&M makes us equal, por mucho que la Versace firme sus prendas.

Esta campaña está a caballo entre un ejercicio de sinceridad y una  burla mordaz al consumidor de la colección que se fascinará con la forma sin pararse a pensar que tal vez pueda plantear una reflexión de un rasgo primordial de nuestra cultura de consumo: el juego de la ficción, la pasión por lo sintético. Podremos comprar prendas de Versace como hacen los ricos (de dudoso gusto), pero eso no nos hará ricos. A diferencia de la exclusividad que ofrece un Versace real, su versión low cost nos hará iguales a los demás… ¡pero da igual! ¡Estamos jugando!

Bebemos zumo de naranja en botes que nos dicen que llevan un 80% de zumo, un 60%, un 20%. Mascamos chicles de fresa que no saben a fresa, yogures de melocotón que no saben a melocotón, hamburguesas de pollo que no se parecen en nada a un pollo, helados de limón que saben a ambientador. Establecemos un pacto de ficción al consumir ciertas cosas casi como cuando vemos una película. Si somos benevolentes y pensamos que un hombre con calzoncillos rojos puede volar, ¿por qué no íbamos a aceptar el sabor de los chicles boomer de fresa ácida? Es casi un ejercicio de imaginación, no se trata más que de continuar el juego de pequeños en el que un palo podía ser un caballo si nos lo poníamos entre las piernas o una hoja de árbol un billete para pagar.

A veces echo de menos el sabor de los chicles de fresa ácida, ese sabor que ha desaparecido para siempre y que nuestros hijos nunca encontrarán en una fresa de verdad.

I me mine

Después de unos vinos en una abacería portuguesa, un taxi me traía de vuelta a casa. El taxista me hablaba de facebook y yo, inevitablemente, no podía dejar de pensar en la generación yo.

El Renacimiento acabó con el modelo teocéntrico para dar paso a una concepción en la que el hombre era el centro de todo. Pero luego (no importa lo que tardó en llegar este luego) la segunda mitad del siglo XX despejaría la incógnita que dejaba el Renacimiento: el hombre es el centro de todo, pero ¿qué hombre? La respuesta era bien sencilla: YO.

Si el Universo entero empezaba a girar en torno al yo, la Posmodernidad nos terminó de hacer yoístas del todo con el consumo creativo. La María Antonieta de la Coppola, posmoderna hasta la médula, yoísta como la que más, come macarrones de colores, lleva peinados imposibles con maquetas de la marina mercante, bebe vinos espumosos como una cosaca y calza All Stars o Blahnik según la ocasión. María Antonieta, como yo, como tú, consume para ser una cosa y no la otra, se parece a algunos, sí, pero se diferencia de otros. ¿Que el pueblo no tiene pan? Pues que coman pasteles. En todo lo que hacemos estamos hablando de nosotros.

Me parece que hablar de uno mismo es completamente inevitable. Tal vez será porque vengo de una primera generación de redes sociales. Nos hemos expuesto en Fotolog, cuando pasamos de ser cuatro gatos a cuatro millones lo alternamos con Myspace, que más tarde abandonamos por Facebook, nos abrimos una cuenta en lastfm para dejar claro la música que escuchábamos, flirteamos con twitter para que todo el mundo supiera que nos acabábamos de levantar o que las lentejas nos habían salido de puta madre … YO en mi viaje a Berlín filtreado por gentileza de photoshop, YO que me pongo un fondo flúor y sleep with me c’mon why don’t you sleep with me shut up porque este mes se llevan los 90, YO que actualizo mi estado porque estoy contento de loco y le pongo a mis amigas un video en el muro del grupo adolescende del que estuvimos hablando ayer, YO que acabo de escuchar mi canción favorita de La Roux, yo que escribo una chorrada y lo lee una prostituta de Ohio que a saber cómo ha pasado por mi perfil y ha cliqueado sobre el follow.

De una manera a veces menos clara, y de antes de que fuéramos posmodernos, modernos o renacidos, el artista, el autor, ha hablado siempre de sí mismo a traves de sus obras, de una manera más o menos explícita, con mayor o menor conciencia de ello. ¿De qué puedes hablar si no es de tu universo? ¿Qué puedes expresar sino lo que sientes, lo que te interesa o te repugna, lo que te ha marcado, aquello que te hace llorar, gritar, sentir naúseas o soltar una carcajada?

Yo, que aún soy joven, que todavía no he hecho muchas cosas, veo esto cada vez más claro. Tal vez una obra tuya no la comprendas bien hasta que pasa un tiempo, y cuando pasa ese tiempo te das cuenta de que habías proyectado en ella cosas que llevabas dentro de una u otra forma. Tal vez las heroínas de Demasiado corazón no tenían tan poco que ver conmigo cuando su coche se alejaba hacia un horizonte incierto. Poco después del rodaje mi horizonte estaría desdibujado también, tendría tanta inseguridad como ellas y acabaría metido en un laberinto con el minotauro.

Ahora, con mi horizonte trazado, recibo un email con un encargo para el primer día del máster de la ESCAC: una presentación de mí mismo, un autoretrato audiovisual. Y yo, después de hablar de mí indirectamente tantas veces, no sé cómo hacerlo ahora. Un amigo me aconseja que mire los autorretratos de Frida para inspirarme, pero yo no sé si soy capaz de desnudarme como la Kahlo. ¿Qué quiero contar de mí? ¿Cómo quiero contarlo? YO, que llevo años generando discurso sobre mí mismo, ahora me pierdo ante el folio en blanco, ante la cinta virgen, ante el botón rojo del rec. Y no sé qué decir de mí.

Las minas del rey Solomon

Una de mis asignaturas pendientes con Nueva York era el museo Guggenheim. Mi idea de domingo era pasar el día en Coney Island para ver esas atracciones vintage y tomar algodón de azúcar en una atmósfera bizarra, o pasear por Williamsburg para ver alguna galería de arte entre café y café, pero la lluvia ha inclinado la balanza a no moverme lejos de casa y el museo ha ganado.

Al igual que en el Guggenheim de Bilbao, la colección permanente es pequeña, perteneciente al fondo de la Fundación Solomon R. Guggenheim, pero aun así merece la pena. La temporal no podía ser más acertada, un recorrido por la obra de Frank Lloyd Wright, uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX, y responsable del edificio del Guggemhein en Nueva York.

Algunos artistas se quejaban de que el edificio del museo cobraba más importancia que las propias obras.  La gente es tonta. ¿Acaso no debe ser una obra de arte el lugar destinado para exponer otras obras de arte? Pero la estética de sus edificios, que puede crear más o menos controversia, queda si acaso eclipsada por la concepción del edifio en sí mismo para su uso. La apariencia de cinta enrollada en el exterior se corresponde con las galerías del interior en forma de espiral, de modo que subes a la última planta del edificio y en una continua rampa bajas hasta el vestíbulo pasando por todas las galerías. En cualquier momento puedes asomarte y ver las plantas por las que has pasado o las que quedan por pasar.

Yo, que de arquitectura sé muy poco, me he quedado maravillado delante de los numerosos proyectos de Wright. Tanto, que me he ido con una pena: los proyectos más espectaculares (que en cierto modo me recordaban a las arquitecturas del Jardín de las delicias de El Bosco) iban acompañados de una etiqueta “unbuilt”. Parece que los sueños más futuristas del arquitecto nunca fueron levantados. Y otra pena más grande: cerca de algunos de ellos, con mala sombra, merodeaba la palabra “demolition”. Uno de los edificios demolidos fue el Hotel Imperial de Tokio. Al llegar a casa busco imágenes del hotel, y me encuentro con el nuevo: un rascacielos de dudoso estilo Benidorm. Saco tres conclusiones. Los genios: a) no deben morir b) no deberían ver sus obras destruidas nunca c) deberían tener en vida todo el dinero necesario para crear sus obras. Supongo que esto último lo digo en parte por mí, ya que junto a la arquitectura el cine es el arte más caro.

En las salas de la permanente las obras no sobrepasan demasiado la treintena. Eso sí, Picasso, Kokoschka, Kandinsky, Cezanne, Van Gogh, Monet, Matisse o Manet hacen, entre otros, acto de presencia con sus acostumbrados sobresalientes. Recuerdo haber visto antes ese cuadro de Kokoschka. Y yo, que de los pintores de Viena 1900, quizás tenga menos preferencia por Kokoschka, le tengo especial devoción a este cuadro. Me lo guardo en la manga para investigar y ya hablaré sobre él.

Delante de la Planchadora de Picasso, un trabajador del museo se interesa por mi bolso de Francis Bacon (el pintor, no el filósofo). A los dos nos apasiona. Empezamos a hablar de Bacon y decidimos que cuando pase un poco de tiempo será reconocido como uno de los mejores pintores del siglo XX. Me dice que la exposición que yo vi en el Prado vendrá pronto al Metropolitan. No se la debe perder.

Cierran el museo. Fuera llueve y pocos entran en Central Park. Decido dar un paseo por Union Square y comprar uvas para la cena.

Cómo odio el metro de esta ciudad en fin de semana.

Un muro en el museo

La primera vez que vi una obra de Richard Serra fue en la BIACS 1. Nada más llegar al Monasterio de la Cartuja, una especie de proa de barco oxidada guardaba la puerta que albergaba el resto de la colección de arte contemporáneo. Poco después me encontré con sus piezas en la colección permanente del Guggenheim de Bilbao, y hace algo menos de dos años tuve la suerte de poder asistir a la exposición temporal que le dedicó el MOMA. Fue en esta última en la que me maravilló, en la que me sentí envuelto, literalmente, por sus obras, y enfermé un poco de síndrome de Stendhal.

Richard Serra es un escultor minimalista, que trabaja normalmente con grandes planchas de acero curvadas. Su grandes dimensiones y los pasillos que algunas de ellas crean, permiten al espectador ponerse en relación con ellas, siendo ellos mismos un parte principal de la obra.  El mismo Serra afirma que su escultura “es sobre el tiempo, el espacio y el movimiento de una persona, no es un objeto”. Las esculturas de Serra podríamos decir que son para experimentarlas, más que para observarlas. Pero esto es algo que casi podríamos aplicar al Arte Contemporáneo (o Arte Moderno o como quiera llamarse a lo que pasa desde el final de siglo XIX).

Verano de 2007. Entro en una sala enorme del MOMA. Hay varias esculturas de Serra, pero especialmente una tiene una dimensión tan grande y un trazado tan sinuoso que es imposible tener una idea desde fuera del conjunto. Tiene una abertura, un pasillo, una calle. Me meto y empiezo a caminar por dentro de la obra El pasillo, siempre curvo, no te deja ver lo que hay más allá de dos metros por delante. Si miras hacia arriba, la pared se va estrechando, y el hueco por el que ves el techo de la estancia es más pequeño que el espacio que tienes para caminar. Me parece imposible no sentir nada, pero no soy el único que hay allí. Detrás de mí, una persona mira “el muro” con cara de que no le está gustando nada, quiere encontrar la salida, aquello “no lo entiende”. ¿qué tiene un muro de acero para estar en un museo? El propio Richard Serra es consciente de este sentimiento de gran parte de la población hacia el Arte Contemporáneo. Por eso, cuando le preguntan en la entrevista que publica hoy El País por su obra que perdió el Museo Reina Sofía en 2005, responde: “lo más probable es que, sin saber que era una obra de arte, la hayan usado para construir un edificio o una autopista”.

Esto me hace pensar, reflexionar el por qué de tanto rechazo hacia el Arte Contemporáneo. Con la popularización de la fotografía (y posteriormente el cine), el Arte se quita de encima la responsabilidad de representar la realidad, por lo que queda libre para investigar, para crear sin necesidad de plasmar el mundo de una manera objetiva, para ofrecernos obras que nos proporcionen nuevas maneras de conocimiento. A mí, personalmente, me gusta todo tipo de Arte, de cualquier época, de cualquier lugar, pero casi ninguno logra emocionarme tanto como el Contemporáneo. Puedo disfrutar muchísimo contemplando una virgen gótica, pero, lo siento, creo que la sensibilidad de mi época se corresponde más con el arte de mi época. Creo que gran parte del “disgusto” ante el Contemporáneo es por una perspectiva equivocada: a quien no le gusta argumenta que no lo entiende, pero es que el Arte Contemporáneo no hay que entenderlo, hay que sentirlo.

¿Qué tiene que entender un muro de acero? Me parece difícil cerebralizarlo, yo simplemente me meto y experimento sensaciones. Ver una monocromía azul de Yves Klein me emociona por mucho que sea nada más (o nada menos) que un lienzo pintado entero de azul. Tal vez el problema sea el miedo a lo que se escapa de la razón. Pero la razón es algo muy de la Modernidad en el sentido más histórico de la palabra, y por tanto muy demodé desde que la cabeza de María Antonieta rodó cadalso abajo.