Una estaca en el corazón

Me gusta saber poco sobre las películas que voy a ver. Normalmente las veo, y si me gustan, luego me informo. Aun así, casi sin saber nada, llega un momento en el que es difícil que te sorprendan.

Ayer me propusieron ir al cine a ver Déjame entrar, “una de vampiros sueca”. Y la sueca dio la sorpresa. Se encienden las luces: caras de todos lo colores, la gente no espera un momento para empezar a comentar. Los que sólo querían ver monstruos y dar gritos en la butaca están decepcionados. Pero otros, que a lo mejor sin esperar otra cosa nos lo hemos encontrado, estamos encantados, o al menos sorprendidos, que se agradece.

Déjame entrar es un cuento, una fábula sobre la soledad y la inadaptación. Oskar, el protagonista de 12 años, encaja tan poco con el mundo que le rodea como Eli, que también tiene 12 años, pero desde hace mucho tiempo. Eli no es una niña, Eli es un vampiro, pero parece mucho más humana que los compañeros del colegio de Oskar. Oskar y Eli son dos niños que no parecen niños, que actúan como adultos y que sienten como adultos pero con la inocencia de niños. No es ninguna novedad unir vampiros y amor, pero rara vez se hace de una manera tan elegante, tan en voz bajita, como en esta película.

De esta manera Déjame entrar juega continuamente al cambio de género, principalmente alternando el terror-fantástico con el melodrama. La sorpresa en esta película no es un golpe de música con un salto del vampiro que te haga saltar a ti del asiento. La sorpresa es que cuando acabamos de ver a la niña lanzarse sobre el cuello de alguien, pasamos a una escena que nos hace olvidarnos de que es un vampiro, y la vemos con Oskar sin estar en tensión pensando que se lo va a zampar.

El director, Tomas Alfredson, nos ofrece una cinta de estética fría y exquisita, cuidada al máximo, donde combina, una vez más haciendo uso de la escala de grises (nada es blanco, nada es negro), la más bella sencillez con momentos de exceso que casi producen comicidad. Tal vez lo más remarcable sea la cuidada puesta en escena en los momentos en los que decide contar algo con un plano fijo, sin montaje, sin movimientos de cámara, sólo lo que ocurre dentro del cuadro que ha decidido filmar.

Creo que Déjame entrar es una de esas películas que tardas en saber cuánto te ha gustado, pero que a mí, indudablemente, me ha encantado haber visto.

Si las personas a veces somos un poco monstruos, ¿por qué no darles la oportunidad a los monstruos de tener sentimientos humanos?

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