tu párvula boca

ficciones, realidades y otros sueños…

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Don’t bring me down

Las despedidas, los jet lags, los aviones, las maletas hechas y desechas. Demasiadas cosas para recuperar el ritmo, pero poco a poco llega.

De momento aquí dejo mi particular poema a Nueva York, el videoclip trabajo final de la New York Film Academy.

New York, I love you (and you’ll never bring me down)

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Los recovecos de la Wertmüller

Como sandía mientras diluvia contra mi ventana. El sol hoy ha salido tímidamente durante la hora del almuerzo haciéndonos pensar a los neoyorquinos, a mí, a las ardillas de Union Square, que la primavera había llegado. Y tal vez esté aquí, pero cargada de agua. Pienso en un nombre y busco información: Lina Wertmüller.

Odio que me pregunten por algo favorito. Me gustan tantas cosas que no puedo elegir sólo un color, una canción, una ciudad, un película, un director. Sin embargo, si empiezo a pensar en una lista de directores favoritos, siempre aparece Federico Fellini entre los primeros nombres. No recuerdo película suya que no me haya fascinado, que no haya querido volver a ver justo después de haberla terminado. Su puesta en escena barroca, a ratos onírica, siempre grandilocuente me atrapa. Julieta de los espíritus, 8 1/2, La dolce vita, La strada… Recomiendo absolutamente todas las películas de Fellini, incluso las que no he visto, porque sé que me van a gustar. Yo, que soy mitómano confeso, siempre he dicho que si tengo que llevar gafas serán como las de Marcello Mastroiani en 8 1/2. Por eso, cuando me enteré de que las aulas de la New York Film Academy tenían nombres de cineastas, me hacía ilusión que me tocara la suya. Una ilusión tonta tal vez porque pensaba que dentro de un sitio con su nombre todo lo que podría aprender sería más todavía, mejor todavía. Sin embargo todavía no la he pisado. Una vez me ha tocado Kubrick, otra Orson Welles, las demás Lina Wertmüller. ¿Pero quién es la Wertmüller esta?

Primero pienso, claro, que es alguna directora alemana. Pero llego a casa, me pongo a investigar y resulta que no. No sé de dónde sería la abuela de la Wertmüller, pero Lina es italiana. Empezó siendo actriz y (¡sorpresa!) pronto fue la asistente de dirección de Fellini en 8 1/2. La falsa alemana desconocida se convierte de repente en algo parecido a lo que yo había deseado. Empezó a dirigir en los sesenta, pero fue en la década los setenta cuando tuvo su etapa dorada. Con la película Pasqualino Settebellezze consiguión cuatro nominaciones al Oscar en 1976, siendo así la primera mujer en la historia del cine que optaba a la estatuilla por la categoría de dirección. El director de Rocky se lo arrebató. Treinta y tres años después ninguna mujer lo ha conseguido aún y sólo dos más han sido nominadas: Jane Campion por El piano y Sofia Coppola por Lost in translation. Casualmente el año anterior Federico Fellini también se quedaba a las puertas del Oscar a mejor dirección con Amarcord.

Sin embargo, la Wertmüller también tiene detalles bizarros que me ayudan a mitificarla, y a quererla (tal vez) sin haber visto una sola de sus películas. No solamente era conocida por elegir títulos tan largos que siempre se cortaban para el lanzamiento internacional, sino que su nombre está en el libro Guinnes de los récords por la película con el nombre más largo del mundo:Un fatto di sangue nel comune di Sculiana fra due uomini per causa di una vedova — si sospettano moventi politici. Amore–Morte–Shimmy. Lugano belle. Tarantelle. Tarallucci e vino. Por si esto fuera poco, hace sólo siete años se hizo un remake de su película Travolti da un insolito destino nell’azzurro mare d’agosto. ¿El nuevo título? Swept Away. ¿El director? Guy Ritchie. ¿La protagonista? Madonna.

Films de compromiso político, inicios con Fellini, escritora (de puño y letra) de la historia de la mujer en el cine, récords Guinnes, remakes con Madonna. Parece que a la Wertmüller no le falta de nada.

Lina me guarde. O mejor Arcangela Felice, su verdadero nombre. Arcangela como los ángeles. Y Felice. Después de todo la Wertmüller pinta bien.

Los peces sin agua se mueren (2.0)

Hoy he vuelto a ver a los peces medio muertos de East Broadway. Miraban con indiferencia la lluvia a través de los cristales sin darse cuenta de que tal vez afuera habría más agua que dentro de sus peceras. Su memoria es tan corta, que no les permite hacerse planteamientos tan profundos. Esta vez soy yo el que llega después, así que no doy tiempo a que pase ningún camión de los helados.

Nos sirven unas cervezas. Llegamos a la conclusión de que la Guerra de Secesión no acabó con la esclavitud en América, le puso precio. Entremezclamos el mercado del arte y el mercado de la carne. Y de repente en la conversación aparece Madrid. De pronto siento nostaliga de Madrid. Siento nostalgia de los sitios en los que he vivido. Esto me hace pensar en la insportable ubicuidad del ser. Saco mi cuaderno rojo y miro mi horario. Hoy he estado por primera vez en la New York Film Academy.

El lugar tiene ese encanto que tienen los sitios caóticos y desordenados. Al entrar puede parecer el recibidor de un cine antiguo, con asientos desfondados de cuero, un mostrador de mármol y algunas pilastras con adornos dorados detrás. Me presento. Me recogen. Me suben unas escaleras. Me siento a esperar. Tengo delante dos sillones de cuero rojo que parecen conversar el uno con el otro. Están muy viejos, la verdad, pero son preciosos. Un dios oriental me da su bendición desde un tapiz enorme. Llueve fuera en Union Square. Termino todo y me voy a comer un sándwich.

Estoy solo. Nunca me ha gustado comer solo en la mesa de un sitio público. Miro al rededor y cuento. Uno, dos, tres… Doce a tres ganamos las mesas de los solos. Sin saber que más tarde voy a verlos, me acuerdo de los peces de East Brodway, solos en sus compartimentos mínimos y sucios. Intento leer, pero me desconcentra estar solo. Pienso al azar en La soledad del corredor de fondo. De atletismo sé muy poco, pero creo que el secreto de las carreras de fondo está en aguantar. Me doy cuenta de que en ese sentido todos somos un poco corredores de fondo, y que a veces en la carrera tenemos que estar solos si queremos ganar. Me termino el sándwich, me termino el capítulo del libro y vuelvo a la escuela. Torre de Babel. Un alemán, una canadiense, una coreana, una japonesa, una chica que se llama Stacy, un hombre de sesenta años de Nueva Jersey, un portugués que quiere hacer películas gore. Excursión por la escuela. Esta ciudad tiene las calles muy organizadas numéricamente, por lo que es difícil perderte. Después de la Segunda Avenida viene la Tercera, antes de la calle 17 la 16. La escuela, en su caótico desorden, decide no ser Nueva York y le pone a las aulas nombres de cineastas sin ningún número de acompañamiento que te haga sospechar en la planta quese encuentran. Yo sólo quiero que mañana me toque el aula Fellini. Me hace ilusión.

Luego de esto los peces, y luego las cervezas y a cenar. De vuelta a casa, en las entrañas, el hombre que se sienta a mi lado abre una mochila de Batman y saca una biblia. Dios lo bendiga.

Esta ciudad dicen que nunca duerme. Yo debo hacerlo para el ritmo que me espera.

Psicosis en tiempos de histeria

Mañana a estas horas estaré pisando Manhattan. Parece que al fin llega la meta de una larga carrera que empezó hace casi un año. En un principio el curso que voy a hacer iba a ser en Madrid, pero la psicosis de la crisis hizo que la New York Film Academy se echara atrás y dejara lo de abrir su sede madrileña para otros tiempos de vacas gordas.

A una semana de irme aparece una nueva psicosis: la (ya con su eufemismo) nueva gripe. Y aunque yo no sea nada aprensivo, para calmar otras histerias (madres, abuelas…) decido ir a comprarme una mascarilla a una farmacia. “Pues no nos quedan. Están agotadísimas en toda España. Como pronto el lunes nos vendrá alguna de Badajoz, que parece que allí están menos preocupados”. Me quedo con la cara blanca, claro. Cuando ya me he recorrido varias con la misma cantinela encuentro una en la que me dicen que no tienen, pero que esta misma tarde traerían cuatro. La chica me vio tan preocupado, o le caí tan bien, que me prometió que me guardaba una. Así que ya tengo mi mascarilla.

Lo que la chica no sabía es que mi preocupación era más general. Probablemente la mascarilla la use poco, porque creo y espero que no será necesario, pero sí que me asusta la histeria popular. Me asusta que los sustos provoquen más molestias que las causas. No dudo que se trata de un tema serio, pero sinceramente, esperaba una mentalidad más folklórica y menos alerta de Sevilla en tiempos de feria. Tal vez subestimo el instinto de conservación, no lo sé, el caso es que me ha llamado la atención, y el hecho me ha asustado más que todos los datos que llenan páginas y páginas de prensa.

Tal vez sea por el día, y tal vez me mienta a mí mismo. Tal vez lo que me da miedo ahora son otras cosas más abstractas que una pandemia. Los mismos miedos que me hicieron plantearme si me iba a hacer el curso a Nueva York o no, si lo aprovecharía, si sería capaz de todo. El mismo miedo que tenía cuando de repente Madrid se llenó de carteles de Nueva York y no pude dejar de hacerle caso al destino (yo y las señales). Pero quizás sin esos miedos las cosas nunca pasarían. Si creo heroínas que dicen que hay que luchar con los miedos, no debo yo ser menos.

Por cierto, antes de volver espero que el tema de la gripe esté ya más calmado y poder hacerme una foto con la mascarilla a lo toxic Manhattan style.