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Etiqueta: musical

Don’t bring me down

Las despedidas, los jet lags, los aviones, las maletas hechas y desechas. Demasiadas cosas para recuperar el ritmo, pero poco a poco llega.

De momento aquí dejo mi particular poema a Nueva York, el videoclip trabajo final de la New York Film Academy.

New York, I love you (and you’ll never bring me down)

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Go Billy!

Billy era un niño que un buen día decidió guardar bajo llave los guantes de boxeo para no usarlos nunca más. Billy no quería dar puñetazos. Billy se puso unas zapatillas de ballet. Billy todavía no lo sabía, pero Billy quería bailar. Go Billy!

Hace ya nueve años que que el niño de la revolución personal en plena revolución minera, tomó una decisión para enseñarnos que lo más cabal es elegir ser uno mismo. Era el año 2000 y Billy Elliot salía a la gran pantalla llenando las salas y recibiendo más de un merecido premio. Cinco años después el West End londinense estrena la versión musical, consiguiendo también numerosos premios y éxito de crítica y público.

2009. La versión que Broadway nos ofrece de Billy Elliot parte como favorita indiscutible en la próxima gala de los premios Tony con quince nominaciones. Yo, que acabo de verla, espero que se las lleve todas.

El musical parte con dos ingredientes muy buenos: el guión y las letras corren a cargo de Lee Hall, el guionista de la versión cinematográfica, la música la firma Sir Elton John. Después de tres horas de espectáculo sales satisfecho de haberte gastado una fortuna, con una sonrisa y tal vez los ojos rojos de alguna lágrima traicionera. Billy Elliot demuestra que el musical no es un género menor, o no tiene por qué serlo.

El musical como género suele crear filias y fobias. Yo, que me encuentro más cercano a las filias, pienso que ambas son igual de irrazonables. Es verdad que en el musical hay mucho espectáculo barato, mucho refrito comercial con poco gusto, ¿pero acaso no es cabezonería perderse algunos títulos por posicionarse en contra? A mí me gusta reír con Cantando bajo la lluvia, tararear el America de West Side Story, sentir compasión por la pobre Sally Bowles en Cabaret, o si nos ponemos más freaks o independientes, gorgoritear con Susan Sarandonga en Rocky Horror Picture Show o creer que tenemos un alma gemela descosida de nuestra espalda con Hedwig and the Angry Inch. Y del lado del teatro, personalmente no he visto en Londres o en Broadway ningún musical que no haya valido la pena por algo. Aunque tal vez en España el caso sea diferente.

En España el musical no tenía tradición ninguna, hasta que de repente a la gente le dio por él. Casi empezó a despuntar con El hombre de la Mancha, pero sería un poco después cuando el musical empezó a extenderse por los teatros de Madrid: la magia de Broadway desembarcaba en la Gran Vía con La bella y la bestia. Aquel montaje carísimo, bien cuidado, bien hecho, llenó la sala durante años. Vinieron luego otros clásicos (Cats, El fantasma de la ópera…) que consiguieron casi el mismo éxito. Y llegó el peligro. Si los buenos musicales llenan las salas ¿las llenarían también los malos? La respuesta fue que sí, así que fin de la calidad en el musical español. Empezaron a mezclarse producciones de segunda fila con las nuevas creaciones españolas. Producciones rápidas y poco cuidadas para hacer mucho dinero y muy poco arte. No quiero hablar ni de unas ni de otras. No se lo merecen. Siempre hay excepciones, claro, como el Sweeney Todd que este otoño dirigía Mario Gas de nuevo en el Español, con una Vicky Peña soberbia.

Pido disculpas por la digresión. Siempre fui de conversaciones múltiples.

Al empezar esta noche Billy Elliot he tenido que hacer un pequeño esfuerzo para adaptarme. Lo que iba a ver no era la película. Algunas escenas más cómicas rompían el tono más serio de la película. Pero esto es Broadway, y aquí la gente viene a soñar y olvidarse de sus problemas. En la primera canción yo ya era suyo, con los primeros diálgos paso la transición para adaptarme. En la segunda canción lo han conseguido, ya soy de ellos por completo hasta el final.

Los personajes siguen siendo entrañables, complejos, con intereses enfrentados, con conflictos bien planteados. Al igual que en la película me quedo con la abuela, con la profesora y con el amigo de tendencias travestis. Y con Billy.

Michael, el amigo de Billy, sigue aportando un punto de inocencia, una mirada limpia a ser como eres y quererte de esa manera. Pero este Michael baila claqué.

La abuela, que ya por ser abuela tiene mucho ganado, vuelve a ganar un poco más sobre el escenario. En una canción para ella sola nos abre el alma, nos canta que su matrimonio era una mierda, pero que se olvidaba de todo cuando su marido la sacaba a bailar. Lo pero es que al día siguiente volvía a estar sobrios. La abuela desea volver atrás para vivir una vida sin hombres y sin pasar un día sobria. Lo hace en casa, bailando con somras de otro tiempo con una camisón de lentejuelas bajo la bata, aunque más bien parezca una historia para ser contada con un vaso de ginebra en una taberna de marineros.

Mrs. Wilkinson, la profesora de ballet de Billy, también tenía una dura competencia con la imagen en la retina de la magnífica Julie Walters para la versión cinematográfica. Vuelve a no importar, estás en otra cosa y no te acuerdas de la película. Esta Wilkinson es más estrella frustrada, más Tony Manera de provincias que algún día soñó con ser alguien, más Eva Nasarre con ansias de revista musical. Es completamente maravillosa.

La puesta en escena tiene momentos de genio, sobre todo en la unión del mundo del ballet, del mundo de Billy, con el de la huelga minera en tiempos de Margaret Tatcher. En este sentido tanto la estructura de la canción Solidarity como su puesta en escena, van acrecentando la emoción hasta llegar a un clímax perfecto. La policía intenta sofocar el levantamiento de los mineros al igual que la sociedad intentan apagar la chispa de Billy. Pero Billy tiene que encenderla. Billy tiene que demostrar que ese mundo de mujeres hay lugar para un hombre. Y heterosexual.

Tal vez el mejor momento de puesta en escena sea el final del primer acto, donde vemos perfectamente esta unión de los dos mundo, este ahogo de Billy en mitad una sociedad ahogada por la policía. Pero en esto cuenta mucho también la interpretación de Billy. Hablemos de él.

Hoy he visto a un artista, a un genio, a una estrella. Trent Kowalik lo es. Es la primera vez que veo en un teatro a todo el público en pie aplaudiendo cuando a la obra le queda al menos un cuarto de hora para acabar. Trent, después del número de la audición para el Royal Ballet se lo merecía. Y no se lo merecía sólo por la técnica, se lo merecía porque bailaba con pasión, como Billy, como hay que bailar, como hay que hacer las cosas que nos hacen felices. Trent es todavía sólo un niño, y espero que siga siendo igual de brillante a lo largo de toda su vida. Me creo cada momento de su actuación, me emociona cada vez que tiene que hacerlo. Es difícil encontrar ese grado de genio en un niño tan pequeño.

La obra, en un giro de tuerca, hace bailar a Billy consigo mismo de mayor. Y es sólo entonces cuando Billy es capaz de enfrentarse a sus miedos, cuando es capaz de enfrentarse a sí mismo. Sólo cuando es él el que se sujeta, el que se eleva en portés por los aires, es capaz de volar. Porque ¿acaso bailar no es volar al fin y al cabo? O pintar, o escribir un poema, o lo que sea que deseemos hacer. Y para saltar al vacío y emprender el vuelo tenemos que darnos un empujón nosotros mismos. Digresiones de nuevo. Será que en los dos últimos días me han hecho demasiadas preguntas profundas, demasiadas indagaciones sobre mis deseos, sobre mis anhelos. “¿Tienes muchos sueños?”, me han dicho.

Sí, tengo muchos sueños.

Mrs. Wilkinson tiene razón, we were born to boogie. Que cada uno elija pareja para el baile y decida la música que quiere bailar. Las mejores canciones están siempre a punto de empezar.