tu párvula boca

ficciones, realidades y otros sueños…

La decisión de Juliet

Juliet decidió de repente cambiarlo todo. Tomó una decisión y no se echó atrás en el último momento. Fin de los versos de amor.

Desde que empezó Lost he tenido con esta serie una relación de amor-odio inacabable. Y ayer, que terminé de ver la penúltima temporada, sentí una especie de nostalgia anticipada por saber que la próxima será la última. Para quien no la haya seguido y quiera hacerlo, no os preocupéis, prometo no desvelar nada.

Recuerdo la primera vez que vi Lost. Era septiembre y estaba aburrido, con mucho tiempo libre hasta que volvieran a empezar las clases. Me senté y vi tres capítulos seguidos. Hay que reconocer que el piloto es muy bueno, te presenta unos personajes interesantes, una situación de conflicto (el accidente del Oceanic 815), y plantea una pregunta: ¿qué coño pasa en esta isla?.

Cinco temporadas después los personajes han ido cambiando, ya no están todos los del principio pero hay algunos nuevos. Siempre, claro, unos más interesantes que otros. La situación conflictiva ha ido cambiando, y la pregunta de qué pasa en la isla ha ido poco a poco aclarándose (no del todo) para dejar paso a una nueva pregunta: ¿por qué coño pasa esto en esta isla?

A veces creo que se les ha ido un poco de las manos, que si en vez de seis temporadas hubiera tenido cuatro, la serie hubiera sido mucho mejor, más clara, más interesante. Porque alargando tanto la incógnita han llegado a meter tantas tramas, tantos personajes, tantos enigmas nuevos, que casi resulta imposible seguirlo todo, y hay cosas muy buenas que por culpa de esto han perdido fuerza.

Los juegos con el tiempo, por ejemplo, me parecen de lo mejor de la serie. Descubren facetas de los personajes en su pasado que les dan más profundidad, capas de complejidad que los hacen más reales a la vez que más personajes. La historia de John Locke (mi personaje favorito durante la primera temporada) o de Sawyer antes de la isla, me parecen más interesantes incluso que después del accidente. Ayer, sin embargo, en el último capítulo de la quinta temporada, me di cuenta de que había olvidado cosas muy importantes, detalles vitales en estos dos personajes. Tal vez la información que había llenado sus huecos me sobraba mucho más, pero, pido perdón, mi memoria no da para tanto si además estoy siguiendo otras series, otras películas, otros libros. En definitiva, sigo otras historias que no me permiten tener toda mi atención en Lost (Dios me libre). Esta es quizás la parte que más me irrita de Perdidos, la exigencia con el espectador de “sé un friki o muere en el intento de seguirnos”. Pues muy bien, yo aquí sigo cinco temporadas después, aunque haya cosas que se me escapen, aunque a veces me gustaría que fuera como un libro y poder saltarme capítulos para llegar al final.

Ya he comentado que en un principio mi personaje favorito era John Locke. Desde su homenaje al Padrino con la cáscara de naranja por sonrisa me pareció el más intrigante, el que tenía más niveles, más cosas escondidas que salían a la supeficie poco a poco de una manera preciosa. Pero Locke fue degenerando, y entonces apareció Juliet.

Apareció siendo una cosa, para luego volverse otra, para volverse lo que siempre había sido, lo que se veía venir que era: un alma cándida. Juliet es buena, pero no tonta, Juliet sonríe tan bien como pega un tiro. Juliet habla mucho más por lo que calla que por lo que dice. Y ayer Juliet tomó una decisión, y la llevo a cabo. Fin de los poemas de amor, se acabó jugar a la casa de muñecas. Bien por Juliet. Bien por la pobre Juliet.

Dentro de un año todos sabremos qué pasa con esta isla. Después de todo, a lo mejor la isla no es más que un reflejo de nosotros mismos.

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Las minas del rey Solomon

Una de mis asignaturas pendientes con Nueva York era el museo Guggenheim. Mi idea de domingo era pasar el día en Coney Island para ver esas atracciones vintage y tomar algodón de azúcar en una atmósfera bizarra, o pasear por Williamsburg para ver alguna galería de arte entre café y café, pero la lluvia ha inclinado la balanza a no moverme lejos de casa y el museo ha ganado.

Al igual que en el Guggenheim de Bilbao, la colección permanente es pequeña, perteneciente al fondo de la Fundación Solomon R. Guggenheim, pero aun así merece la pena. La temporal no podía ser más acertada, un recorrido por la obra de Frank Lloyd Wright, uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX, y responsable del edificio del Guggemhein en Nueva York.

Algunos artistas se quejaban de que el edificio del museo cobraba más importancia que las propias obras.  La gente es tonta. ¿Acaso no debe ser una obra de arte el lugar destinado para exponer otras obras de arte? Pero la estética de sus edificios, que puede crear más o menos controversia, queda si acaso eclipsada por la concepción del edifio en sí mismo para su uso. La apariencia de cinta enrollada en el exterior se corresponde con las galerías del interior en forma de espiral, de modo que subes a la última planta del edificio y en una continua rampa bajas hasta el vestíbulo pasando por todas las galerías. En cualquier momento puedes asomarte y ver las plantas por las que has pasado o las que quedan por pasar.

Yo, que de arquitectura sé muy poco, me he quedado maravillado delante de los numerosos proyectos de Wright. Tanto, que me he ido con una pena: los proyectos más espectaculares (que en cierto modo me recordaban a las arquitecturas del Jardín de las delicias de El Bosco) iban acompañados de una etiqueta “unbuilt”. Parece que los sueños más futuristas del arquitecto nunca fueron levantados. Y otra pena más grande: cerca de algunos de ellos, con mala sombra, merodeaba la palabra “demolition”. Uno de los edificios demolidos fue el Hotel Imperial de Tokio. Al llegar a casa busco imágenes del hotel, y me encuentro con el nuevo: un rascacielos de dudoso estilo Benidorm. Saco tres conclusiones. Los genios: a) no deben morir b) no deberían ver sus obras destruidas nunca c) deberían tener en vida todo el dinero necesario para crear sus obras. Supongo que esto último lo digo en parte por mí, ya que junto a la arquitectura el cine es el arte más caro.

En las salas de la permanente las obras no sobrepasan demasiado la treintena. Eso sí, Picasso, Kokoschka, Kandinsky, Cezanne, Van Gogh, Monet, Matisse o Manet hacen, entre otros, acto de presencia con sus acostumbrados sobresalientes. Recuerdo haber visto antes ese cuadro de Kokoschka. Y yo, que de los pintores de Viena 1900, quizás tenga menos preferencia por Kokoschka, le tengo especial devoción a este cuadro. Me lo guardo en la manga para investigar y ya hablaré sobre él.

Delante de la Planchadora de Picasso, un trabajador del museo se interesa por mi bolso de Francis Bacon (el pintor, no el filósofo). A los dos nos apasiona. Empezamos a hablar de Bacon y decidimos que cuando pase un poco de tiempo será reconocido como uno de los mejores pintores del siglo XX. Me dice que la exposición que yo vi en el Prado vendrá pronto al Metropolitan. No se la debe perder.

Cierran el museo. Fuera llueve y pocos entran en Central Park. Decido dar un paseo por Union Square y comprar uvas para la cena.

Cómo odio el metro de esta ciudad en fin de semana.

La trayectoria del globo

Alguien soltó un globo por la ventana. Después de mucho batallar, de estar a punto de morir bajo las ruedas de un taxi amarillo, de hacer esfuerzos inútiles por volver a subir, de meterse bajo la mesa de una organización de beneficiencia, el globo fue a parar a manos de una niña que mostró con su sonrisa que su tarde se había vuelto de repente un poco más feliz.

Hace días que no escribo nada de estas crónicas caóticas en mi intento de ser “poeta” en Nueva York. En estos días la primavera ha llegado por fin a Manhattan, y con ella muchas cosas. Tal vez tanta que no sé cómo escribirlas. Quizás como la trayectoria del globo, que es como a veces intento deambular por esta ciudad enorme, dando un primer empujón en una dirección, y dejando que el aire y el azar hagan el resto.

Un día cualquiera, decido pasear en la hora de la comida. Camino un poco al azar y a lo lejos veo Grand Central Station . Sé que mi paseo terminará allí, así que decido cambiar de camino. Llego a Madison Square, donde cené la primera noche sin saber que estaba al lado del Flatiron. El Flatiron, que tantas veces hemos visto en tantos sueños proyectados, en tantas revistas o fotografías, fue en su momento el edificio más alto de Nueva York. La mejor manera de verlo es encontrártelo, pasar por al lado sin darte ni cuenta y de repente alzar la vista justo en la esquina. Da vértigo. Tan cerrado es el ángulo que forma el vértice del triángulo de su base, que parece que el edificio se te va a caer encima, o que va a empezar a crecer. O algo. Movimiento. Creo que es uno de mis rascacielos favoritos, tal vez por que a quien lo hizo lo tomaron por loco. Eso sí, los señores de la época le estaban muy agradecidos. La forma del edificio provocaba tales corrientes en la calle 23 que levantaba las faldas de las mujeres dejando que se vieran sus tobillos. Todo un escándalo. Sigo paseando. En el parque corren las ardillas. Recuerdo que la primera vez que vine a Nueva York las ardillas fueron lo que más me gustaron. Tenía sólo siete años, y hacía tanto frío que llevaba unas orejeras con perros de peluche. Camino de Grand Central no sé a dónde mirar, o la vida de quién inventarme. Sólo con ver los taxis amarillos soy feliz. Porque los taxis amarillos son Hitchcock, o son Woody Allen, o son Madison, no la avenida, sino la sirena que vino a Nueva York siguiendo a un hombre.

Llego a Grand Central Station. El recibidor, impoluto, deja entrar la luz del afternoon por las ventanas superiores. En un techo turquesa, pequeñas estrellas doradas marcan los signos del zodiaco. Al fin y al cabo una estación es un lugar de destinos. Una bandera enorme de los Estados Unidos. Son muy pesados con el patriotismo, pero hay que reconocerles el acierto del diseño: tienen una bandera bonita. Un día después estaré de nuevo en Grand Central, ahogando la pena de un plan fallido en el mejor Strawberry Chessecake de Manhattan. El metro de esta ciudad es tan absurdo en fin de semana que una serie de catastróficas desdichas impiden que lleguemos a la inauguración de la exposición que nos han invitado. Pues plan B. Paseo Quinta Avenida arriba, pasando por la siempre imponente Biblioteca. Llegamos a Times Square.

Times Square merece capítulo aparte. Si el consumo y el ocio son una religión, Times Square es indiscutiblemente el Vaticano. Y yo lo siento, pero a mí me gusta. Decenas de pantallas lanzan sus epilépticos mensajes con millones de colores para que compres m&ms, para que hables por teléfono, para que bebas Coca Cola, para que seas alto, guapo y feliz. En las calles del alrededor, los viejos teatros intentan competir con el zumbido luminoso de sus neones. Nunca es de noche en Times Square. Creo que lo que más me gusta de este lugar es que es casi irreal, por completo artificial. Tan artoficial que llega a ser auténtico. Una horterada futurista, que te hace pensar que estás en medio de Blade Runner o Inteligencia Artificial.

La noche sigue. Llegamos a un hotel de lujo. Cruzamos el bar de la entrada, con poca luz, cortinones de terciopelo que llegan a los altísimos techos, pilastras rococós y en general un buen gusto clásico con algún toque actual. Pasamos el bar. Estamos en la recepción. “Andrés, ¿a qué sitio me has traído?”. Una cortina tapa el lugar prohibido. Se ve un pasillo oscuro, al fondo una hamburguesa de neón y una flecha. Entramos. Otro mundo. El lugar parecería un bar sucio de carretera si tuviera algún ventanal desde el que vigilar el coche. Pero no lo tiene, porque el sitio está completamente escondido. La música se turna entre americana profunda y alguna ranchera. Ojalá cantara Chavela. Este antro oscuro, con lámparas de porcelana blanca con flores rosas pintadas, con poco más de siete mesas, con carteles de películas tan cutres que no llegan ni a ser de culto, con las paredes pintadas por los visitantes, con una foto colgada de una pareja que vino a celebrar su boda aquí, tiene una de las mejores hamburguesas de Nueva York. Lo dicen las críticas, y yo me lo creo. Nos sentamos a comer. A la derecha una persona que no sé muy bien si es un chico o una chica pone los pies sobre el asiento, a la izquierda tres amigos treintañeros cogen fuerzas para una noche de caza. De repente entra una señora con un traje negro elegantísimo y una gargantilla de oro del bueno. Su marido, de traje impecable, la acompaña. Se ponen en la cola y piden su cheeseburger. Recuerdo que estamos todos dentro de un hotel de lujo.

La noche termina en un bar. Bajo la escalera, abro la puerta. Viejo Rock&Roll y taxidermia. Un faisán intenta alzar el vuelo, pero no lo consigue porque está muerto. A su lado un felino enseña los dientes. Un pájaro también disecado parece picotearse el pecho para alimentar a sus crías con su propia carne. En la barra continúa el museo. Piezas de guitarras rotas, entradas de conciertos de los setenta, de una copa azul con estrellas asoman las patas de palo de una barbie bucanera.

En algún momento una mujer en el metro me da un papel. Quiere que me una a su iglesia de Harlem. Me desea un día muy feliz. Me habrá visto necesitado de oración.

No hay día como el domingo para ir a Central Park. Comemos en las escaleras del Metropolitan, y nos adentramos en el parque. Strawberry Fields (forever). Un grupo de espontáneos, más o menos desconocidos, traen sus instrumentos y tocan canciones de los Beatles. El más joven no tiene más de venticuatro años. El más viejo roza los setenta. A pocos metros, en el Dakota, vivía John Lennon. A pocos metros, desangrándose en los brazos de Yoko Ono, murió John Lennon. Perdón por la lágrima fácil, pero pensé que la Inmortalidad era aquello, que casi treinta años después de muerto un grupo de desconocidos se reúna para cantar tus canciones.

En otro momento nos enseñan una de las sinagogas más antiguas de Nueva York. Ahora es de un artista español. El caos de su estudio me fascina. Por una ventana de la sinagoga la luz se cuela para iluminar una silla desvencijada que permanece digna sobre un montón de desechos, sobre materias primas que alguna vez soñaron convertirse en arte, y que tal vez algún día lo sean. El hermano del artiste me pregunto que si tengo algún proyecto para hacer en la sinagoga. Le digo que espero tenerlo pronto. Antes de salir miro el techo azul de la sinagoga. Aquí se casó Sarah Jessica Parker. La de verdad, no la de la tele.

Una mañana cojo una cámara de los años 50 y filmo por primera vez unas imágenes en cine. En cierto modo son un homenaje a mí mismo. Perdón por la autorreferencia, pero ya avisé de mi imposibilidad de no ser posmoderno.

Un dia cualquiera de vuelta a casa me topo con Tiffany’s. Pienso que sería bonito que amaneciera de repente y tener croisants para desayunar. Pero yo no tengo un gato que se llame Gato, ni una guitarra para cantar Moonriver en la ventana.

Sólo un apunte más en este caos anacrónico. Me fascina el submundo chino de esta ciudad. Su gueto sucio, sus carteles chillones, el olor a pescado, sus ganas de no formar parte de nada de esto.

Aún me acuerdo de los peces del restaurante chino, pero ya no voy a hablar más de ellos.

Los recovecos de la Wertmüller

Como sandía mientras diluvia contra mi ventana. El sol hoy ha salido tímidamente durante la hora del almuerzo haciéndonos pensar a los neoyorquinos, a mí, a las ardillas de Union Square, que la primavera había llegado. Y tal vez esté aquí, pero cargada de agua. Pienso en un nombre y busco información: Lina Wertmüller.

Odio que me pregunten por algo favorito. Me gustan tantas cosas que no puedo elegir sólo un color, una canción, una ciudad, un película, un director. Sin embargo, si empiezo a pensar en una lista de directores favoritos, siempre aparece Federico Fellini entre los primeros nombres. No recuerdo película suya que no me haya fascinado, que no haya querido volver a ver justo después de haberla terminado. Su puesta en escena barroca, a ratos onírica, siempre grandilocuente me atrapa. Julieta de los espíritus, 8 1/2, La dolce vita, La strada… Recomiendo absolutamente todas las películas de Fellini, incluso las que no he visto, porque sé que me van a gustar. Yo, que soy mitómano confeso, siempre he dicho que si tengo que llevar gafas serán como las de Marcello Mastroiani en 8 1/2. Por eso, cuando me enteré de que las aulas de la New York Film Academy tenían nombres de cineastas, me hacía ilusión que me tocara la suya. Una ilusión tonta tal vez porque pensaba que dentro de un sitio con su nombre todo lo que podría aprender sería más todavía, mejor todavía. Sin embargo todavía no la he pisado. Una vez me ha tocado Kubrick, otra Orson Welles, las demás Lina Wertmüller. ¿Pero quién es la Wertmüller esta?

Primero pienso, claro, que es alguna directora alemana. Pero llego a casa, me pongo a investigar y resulta que no. No sé de dónde sería la abuela de la Wertmüller, pero Lina es italiana. Empezó siendo actriz y (¡sorpresa!) pronto fue la asistente de dirección de Fellini en 8 1/2. La falsa alemana desconocida se convierte de repente en algo parecido a lo que yo había deseado. Empezó a dirigir en los sesenta, pero fue en la década los setenta cuando tuvo su etapa dorada. Con la película Pasqualino Settebellezze consiguión cuatro nominaciones al Oscar en 1976, siendo así la primera mujer en la historia del cine que optaba a la estatuilla por la categoría de dirección. El director de Rocky se lo arrebató. Treinta y tres años después ninguna mujer lo ha conseguido aún y sólo dos más han sido nominadas: Jane Campion por El piano y Sofia Coppola por Lost in translation. Casualmente el año anterior Federico Fellini también se quedaba a las puertas del Oscar a mejor dirección con Amarcord.

Sin embargo, la Wertmüller también tiene detalles bizarros que me ayudan a mitificarla, y a quererla (tal vez) sin haber visto una sola de sus películas. No solamente era conocida por elegir títulos tan largos que siempre se cortaban para el lanzamiento internacional, sino que su nombre está en el libro Guinnes de los récords por la película con el nombre más largo del mundo:Un fatto di sangue nel comune di Sculiana fra due uomini per causa di una vedova — si sospettano moventi politici. Amore–Morte–Shimmy. Lugano belle. Tarantelle. Tarallucci e vino. Por si esto fuera poco, hace sólo siete años se hizo un remake de su película Travolti da un insolito destino nell’azzurro mare d’agosto. ¿El nuevo título? Swept Away. ¿El director? Guy Ritchie. ¿La protagonista? Madonna.

Films de compromiso político, inicios con Fellini, escritora (de puño y letra) de la historia de la mujer en el cine, récords Guinnes, remakes con Madonna. Parece que a la Wertmüller no le falta de nada.

Lina me guarde. O mejor Arcangela Felice, su verdadero nombre. Arcangela como los ángeles. Y Felice. Después de todo la Wertmüller pinta bien.

Los peces sin agua se mueren (2.0)

Hoy he vuelto a ver a los peces medio muertos de East Broadway. Miraban con indiferencia la lluvia a través de los cristales sin darse cuenta de que tal vez afuera habría más agua que dentro de sus peceras. Su memoria es tan corta, que no les permite hacerse planteamientos tan profundos. Esta vez soy yo el que llega después, así que no doy tiempo a que pase ningún camión de los helados.

Nos sirven unas cervezas. Llegamos a la conclusión de que la Guerra de Secesión no acabó con la esclavitud en América, le puso precio. Entremezclamos el mercado del arte y el mercado de la carne. Y de repente en la conversación aparece Madrid. De pronto siento nostaliga de Madrid. Siento nostalgia de los sitios en los que he vivido. Esto me hace pensar en la insportable ubicuidad del ser. Saco mi cuaderno rojo y miro mi horario. Hoy he estado por primera vez en la New York Film Academy.

El lugar tiene ese encanto que tienen los sitios caóticos y desordenados. Al entrar puede parecer el recibidor de un cine antiguo, con asientos desfondados de cuero, un mostrador de mármol y algunas pilastras con adornos dorados detrás. Me presento. Me recogen. Me suben unas escaleras. Me siento a esperar. Tengo delante dos sillones de cuero rojo que parecen conversar el uno con el otro. Están muy viejos, la verdad, pero son preciosos. Un dios oriental me da su bendición desde un tapiz enorme. Llueve fuera en Union Square. Termino todo y me voy a comer un sándwich.

Estoy solo. Nunca me ha gustado comer solo en la mesa de un sitio público. Miro al rededor y cuento. Uno, dos, tres… Doce a tres ganamos las mesas de los solos. Sin saber que más tarde voy a verlos, me acuerdo de los peces de East Brodway, solos en sus compartimentos mínimos y sucios. Intento leer, pero me desconcentra estar solo. Pienso al azar en La soledad del corredor de fondo. De atletismo sé muy poco, pero creo que el secreto de las carreras de fondo está en aguantar. Me doy cuenta de que en ese sentido todos somos un poco corredores de fondo, y que a veces en la carrera tenemos que estar solos si queremos ganar. Me termino el sándwich, me termino el capítulo del libro y vuelvo a la escuela. Torre de Babel. Un alemán, una canadiense, una coreana, una japonesa, una chica que se llama Stacy, un hombre de sesenta años de Nueva Jersey, un portugués que quiere hacer películas gore. Excursión por la escuela. Esta ciudad tiene las calles muy organizadas numéricamente, por lo que es difícil perderte. Después de la Segunda Avenida viene la Tercera, antes de la calle 17 la 16. La escuela, en su caótico desorden, decide no ser Nueva York y le pone a las aulas nombres de cineastas sin ningún número de acompañamiento que te haga sospechar en la planta quese encuentran. Yo sólo quiero que mañana me toque el aula Fellini. Me hace ilusión.

Luego de esto los peces, y luego las cervezas y a cenar. De vuelta a casa, en las entrañas, el hombre que se sienta a mi lado abre una mochila de Batman y saca una biblia. Dios lo bendiga.

Esta ciudad dicen que nunca duerme. Yo debo hacerlo para el ritmo que me espera.

El bailarín de Brooklyn, su hermanastro el presidiario y la ordinaria de Britney

Emerjo de las entrañas oscuras y sucias de Nueva York, y espero en una esquina. Letreros chinos en todos lados. Debo estar por Chinatown. Estiro un poco el cuello y al final de una calle veo el Manhattan Brigde. Suena una melodía cascada. Un camión de los helados avanza despacio con su cantinela de caja de música como si los cucuruchos dieran clases de ballet. Detrás de mí un bar chino anuncia orgulloso en sus letreros que tienen pescado. Nadie se acerca al camión de los helados, pero de vez en cuando hace un parada. Me fijo en el restaurante de pescado. En el escaparate una pecera enorme llena de compartimentos muestra el menú aún vivo. Para el camión y se para la música. Los peces de la pecera parecen casi muertos. Uno de ellos es tan grande que hace esfuerzos para no salirse del agua que casi no le llega a cubrir. El agua está sucia, medio marrón, pero la gente entra a cenar. El camión de los helados vuelve a arrancar. Suena la música de nuevo. Me vienen a recoger.

Tomamos café y chocolate con caramelo. Y hablamos. De lo que nos hemos perdido, de lo que no nos pensamos perder. Hablamos de un soplo en el corazón. La enfermedad, no la película. Y salimos a pasear. Vemos los puentes, el Manhattan Bridge de nuevo y el Brooklyn Bridge por tercera primera vez. La gente pesca. Me acuerdo de los pescados de la pecera china. Los peces sin agua se mueren. Casualmente está atardeciendo en la Estatua de la Libertad.

Vuelta a las entrañas. Parada para cenar. Cena americana. Pides, te sientas, y cuando está listo lo tuyo te vibra el mando que te han dado al pagar. Esto sabe a Estados Unidos. La noche está buena, cenamos al aire libre, en un parque. Y volvemos a pasear. Manhattan abajo.

Lower East Side. Una escalera baja a algún sitio. Entramos. Un patio oscuro iluminado como con luces de emergencia rojas. ¿Esto qué es? Es el Backroom, un bar que un día fue secreto. Durante la ley seca vendían alcohol de manera ilegal en este sitio, por eso está tan escondido y en la entrada pone que es una fábrica de juguetes. Si pides un cerveza te la dan envuelta en papel para que la escondas si llega la policía. Las copas van en tazas de té, para disimular. El sitio conserva un gran encanto. Paredes forradas de tela, mobiliario con apariencia antigua, cuadros de un decimononismo imposible, lámparas de lágrimas de cristal, un artesonado de plástico dorado buenísimo. Sólo había visto en Gossip Girl que en un bar de copas las mesas se reservaran. Aquí se reservan. Parece que no hay sitio. Could we seat here? Una chica que parece que ha robado lágrimas de la araña del techo para hacerse un collar nos dice que por supuesto. Cócteles.

Y luego algún otro sitio, y más gente.

De vuelta a casa el taxista me pregunta por Cádiz.

El título de este texto iba a ser en un principio “Los peces sin agua se mueren (ley seca)”, pero no lo ha sido.

¿Cádiz? Bien.

¿Y Nueva York? Nueva York muy bien.

Así en el cielo como en la tierra

Ayer me pasé el día entero entre aviones y aeropuertos, esperando mucho. No sé muy bien por qué, me acordé de que hace casi cuatro años Sofía me pidió (no recuerdo tampoco bien para qué) que le escribiera algo sobre los aeropuertos. Al llegar a Nueva York, antes de dormir decidí buscar el email que le mandé:

“Los aeropuertos no pertenecen a ese mundo que llamamos real. Los aeropuertos son un lugar mágico, una ilusión, porque no existen. No son de aquí ni de allá. Al país de Nunca Jamás se llega cogiendo la segunda estrella a la derecha saliendo desde Londres, pero no es Londres. A un aeropuerto se llega por una autopista que sale de alguna ciudad, pero no es esa ciudad. Los aeropuertos no existen porque, en el mundo real, sólo existe lo que se puede tocar aquí y ahora, y un aeropuerto puede llegar a ser “ahora”, pero nunca podrá ser “aquí”. Un aeropuerto es una mezcla entre un “aquí” e infinitos “allís”, un puente, una ventana, una cuerda para escalar un árbol (y comer del fruto prohibido), una habichuela mágica para subir al cielo…

La RAE dice:
aeropuerto.

(De aero- y puerto).

 

1. m. Terreno llano provisto de un conjunto de pistas, instalaciones y servicios destinados al tráfico regular de aviones.

Yo digo:

aeropuerto.

(De aero- y puerta).

 

1. m. (de mágico) Lugar de paso. Y de Espera.

 

Siempre se espera en un aeropuerto. Se espera para facturar, se espera el embarque, se espera el despegue, se espera llegar pronto. Se espera ser feliz. En otros idiomas, como el inglés, se diferencia entre wait (esperar de espera) y hope (esperar de esperanza). Yo no sé cómo lo hacen los ingleses, pero yo soy incapaz de wait sin hope, y cada vez que hope tengo que wait. En un aeropuerto esperamos de las dos maneras, pero es mucho más importante  el hope, porque de alguna forma, cuando vuelvas al lugar donde empezaste a volar, ya no serás el mismo. Sólo se coge un avión por dos motivos, o para un asunto importante, o para ir a un lugar al que queremos ir.  ¿Cuántos sueños viajan con nuestro equipaje? ¿Hay límite de peso para las esperanzas? ¿Y para los miedos? ¿Podemos llevarlos todos en el equipaje de mano o tenemos que facturarlos? Espero que sea bonito, espero encontrar gente buena, espero que no llueva mucho, espero llorar de la risa, espero que le guste mi regalo, espero media hora más y me voy a embarcar, espero que vaya a buscarme, espero que se mejore, espero no perder las maletas, espera un momento que voy a ir al baño, espero poder entenderme, espero días de color naranja…

Y todos wait hoping un millón de sueños, contando los segundos y las esperanzas que quedan para que abran la puerta de embarque de nuestro vuelo para empezar el ascenso hacia nuestra vida en el viaje.

Siempre hay que aterrizar, pero venimos del cielo.”

Psicosis en tiempos de histeria

Mañana a estas horas estaré pisando Manhattan. Parece que al fin llega la meta de una larga carrera que empezó hace casi un año. En un principio el curso que voy a hacer iba a ser en Madrid, pero la psicosis de la crisis hizo que la New York Film Academy se echara atrás y dejara lo de abrir su sede madrileña para otros tiempos de vacas gordas.

A una semana de irme aparece una nueva psicosis: la (ya con su eufemismo) nueva gripe. Y aunque yo no sea nada aprensivo, para calmar otras histerias (madres, abuelas…) decido ir a comprarme una mascarilla a una farmacia. “Pues no nos quedan. Están agotadísimas en toda España. Como pronto el lunes nos vendrá alguna de Badajoz, que parece que allí están menos preocupados”. Me quedo con la cara blanca, claro. Cuando ya me he recorrido varias con la misma cantinela encuentro una en la que me dicen que no tienen, pero que esta misma tarde traerían cuatro. La chica me vio tan preocupado, o le caí tan bien, que me prometió que me guardaba una. Así que ya tengo mi mascarilla.

Lo que la chica no sabía es que mi preocupación era más general. Probablemente la mascarilla la use poco, porque creo y espero que no será necesario, pero sí que me asusta la histeria popular. Me asusta que los sustos provoquen más molestias que las causas. No dudo que se trata de un tema serio, pero sinceramente, esperaba una mentalidad más folklórica y menos alerta de Sevilla en tiempos de feria. Tal vez subestimo el instinto de conservación, no lo sé, el caso es que me ha llamado la atención, y el hecho me ha asustado más que todos los datos que llenan páginas y páginas de prensa.

Tal vez sea por el día, y tal vez me mienta a mí mismo. Tal vez lo que me da miedo ahora son otras cosas más abstractas que una pandemia. Los mismos miedos que me hicieron plantearme si me iba a hacer el curso a Nueva York o no, si lo aprovecharía, si sería capaz de todo. El mismo miedo que tenía cuando de repente Madrid se llenó de carteles de Nueva York y no pude dejar de hacerle caso al destino (yo y las señales). Pero quizás sin esos miedos las cosas nunca pasarían. Si creo heroínas que dicen que hay que luchar con los miedos, no debo yo ser menos.

Por cierto, antes de volver espero que el tema de la gripe esté ya más calmado y poder hacerme una foto con la mascarilla a lo toxic Manhattan style.

Miss Von Teese, 12 points

Había una vez una niña que soñó con bailar desnuda. Dejó las clases de ballet para empezar a trabajar en una tienda de lencería y al llegar a casa leía a escondidas las antiguas revistas Playboy de su padre. No es extraño que de este modo comenzara a soñar con un mundo de lencería y corsés, que pronto empezó a coleccionar.

Cuando muy joven empezó a bailar en locales de streap tease, tenía claro que no quería ser una más. Tiñó su melena rubia de negro para parecerse a Betty Page, y escogía cuidadosamente la ropa que iba a quitarse buscando siempre una estética Pin Up. Y es que Dita Von Teese (aunque aún no se llamara así), hacía streap tease de autor.

A principios de los 90 Dita aparecería ya con el nombre que todos la conocemos en aquella revista que años antes leía a escondidas, Playboy. El nombre de Dita se lo puso por la actriz polaca Dita Parlo, y el apellido Von Tesse lo seleccionó buscando en una guía telefónica. Aunque el azar tuvo sería el encargado de decir la última palabra. Ella eligió Von Tresse, pero un error de impresión la bautizaría para siempre como Dita Von Teese.

De aquí en adelante todos sabemos. Dita en las pasarelas, Dita con Marilyn Manson, Dita posando para Wonder Bra, Dita desnudándose en una copa de Martini… Y ahora lo nuevo. Dita irá a eurovisión. ¿A cantar? Claro que no, a bailar con la sensualidad que sólo ella sabe hacerlo. La Pin Up acompañará a Alex Christensen y Oscar Loya, los representantes de Alemania, para convertirse en la protagonista de su canción Miss Kiss Kiss Bang.

¿Que a Dita no le pega esta ordinariez? Muy probablemente no, pero al menos tendremos la oportunidad de disfrutar de un poco de burlesque por muy refrito que venga con otras actuaciones de “lo mejor de la música europea”. No os preocupéis que, si no queréis ver el festival, seguro que los telediarios hacen su función de zapping. Entre crisis o gripes porcinas siempre habrá hueco para hablar de una mujer como Dita.

Un muro en el museo

La primera vez que vi una obra de Richard Serra fue en la BIACS 1. Nada más llegar al Monasterio de la Cartuja, una especie de proa de barco oxidada guardaba la puerta que albergaba el resto de la colección de arte contemporáneo. Poco después me encontré con sus piezas en la colección permanente del Guggenheim de Bilbao, y hace algo menos de dos años tuve la suerte de poder asistir a la exposición temporal que le dedicó el MOMA. Fue en esta última en la que me maravilló, en la que me sentí envuelto, literalmente, por sus obras, y enfermé un poco de síndrome de Stendhal.

Richard Serra es un escultor minimalista, que trabaja normalmente con grandes planchas de acero curvadas. Su grandes dimensiones y los pasillos que algunas de ellas crean, permiten al espectador ponerse en relación con ellas, siendo ellos mismos un parte principal de la obra.  El mismo Serra afirma que su escultura “es sobre el tiempo, el espacio y el movimiento de una persona, no es un objeto”. Las esculturas de Serra podríamos decir que son para experimentarlas, más que para observarlas. Pero esto es algo que casi podríamos aplicar al Arte Contemporáneo (o Arte Moderno o como quiera llamarse a lo que pasa desde el final de siglo XIX).

Verano de 2007. Entro en una sala enorme del MOMA. Hay varias esculturas de Serra, pero especialmente una tiene una dimensión tan grande y un trazado tan sinuoso que es imposible tener una idea desde fuera del conjunto. Tiene una abertura, un pasillo, una calle. Me meto y empiezo a caminar por dentro de la obra El pasillo, siempre curvo, no te deja ver lo que hay más allá de dos metros por delante. Si miras hacia arriba, la pared se va estrechando, y el hueco por el que ves el techo de la estancia es más pequeño que el espacio que tienes para caminar. Me parece imposible no sentir nada, pero no soy el único que hay allí. Detrás de mí, una persona mira “el muro” con cara de que no le está gustando nada, quiere encontrar la salida, aquello “no lo entiende”. ¿qué tiene un muro de acero para estar en un museo? El propio Richard Serra es consciente de este sentimiento de gran parte de la población hacia el Arte Contemporáneo. Por eso, cuando le preguntan en la entrevista que publica hoy El País por su obra que perdió el Museo Reina Sofía en 2005, responde: “lo más probable es que, sin saber que era una obra de arte, la hayan usado para construir un edificio o una autopista”.

Esto me hace pensar, reflexionar el por qué de tanto rechazo hacia el Arte Contemporáneo. Con la popularización de la fotografía (y posteriormente el cine), el Arte se quita de encima la responsabilidad de representar la realidad, por lo que queda libre para investigar, para crear sin necesidad de plasmar el mundo de una manera objetiva, para ofrecernos obras que nos proporcionen nuevas maneras de conocimiento. A mí, personalmente, me gusta todo tipo de Arte, de cualquier época, de cualquier lugar, pero casi ninguno logra emocionarme tanto como el Contemporáneo. Puedo disfrutar muchísimo contemplando una virgen gótica, pero, lo siento, creo que la sensibilidad de mi época se corresponde más con el arte de mi época. Creo que gran parte del “disgusto” ante el Contemporáneo es por una perspectiva equivocada: a quien no le gusta argumenta que no lo entiende, pero es que el Arte Contemporáneo no hay que entenderlo, hay que sentirlo.

¿Qué tiene que entender un muro de acero? Me parece difícil cerebralizarlo, yo simplemente me meto y experimento sensaciones. Ver una monocromía azul de Yves Klein me emociona por mucho que sea nada más (o nada menos) que un lienzo pintado entero de azul. Tal vez el problema sea el miedo a lo que se escapa de la razón. Pero la razón es algo muy de la Modernidad en el sentido más histórico de la palabra, y por tanto muy demodé desde que la cabeza de María Antonieta rodó cadalso abajo.