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La noche que acabó en boda

Hace ya un año, el 4 de marzo, me invitaron a compartir mi código fuente audiovisual en la presentación del festival ZEMOS98. A través de material audiovisual fui enseñando un mapa de mis referencias a la hora de crear, conceptos que me interesaban y habían aparecido en fragmentos que de una u otra manera me fascinaban. A la vez, casi inevitablemente, iba mostrando mis entrañas, mis deseos y mis debilidades, mis anhelos y mis miedos. Esa noche, con un final feliz infinito, me parece, un año después, tan lejana como cercana en esa sensación esquizofrénica de un tiempo vivido con plenitud y que me ha hecho inmensamente feliz. Quiero compartirlo ahora de nuevo, porque las cosas que nos hacen bien hay que recordarlas y compartirlas.

Cuando empecé a pensar qué elegir para mostrar, sufrí el terrible miedo a la hora en blanco: el no saber por dónde empezar. La primera opción que pensé era recurrir a mis películas favoritas, pero siempre he odiado hacer listas de favoritos. Me gustan tantas cosas que me cuesta desechar, así que me saldría un repertorio excesivamente largo. Finalmente decidí empezar por un concepto que me parecía muy ligado a la creación, para ver así a qué otro concepto me llevaba este primero y emprender un viaje a ciegas sin saber muy bien a dónde llegaría.

el big bang.

Para empezar, este fragmento de Zabriskie Point de Antonioni: una explosión, un Big Bang, el principio de todo. Me gusta mucho la idea de que nazcamos de una explosión, porque para mí la creación artística es un poco igual. Todo parte de una explosión que se produce dentro de nosotros y esparce unos elementos. Una explosión que viene del corazón, de la cabeza, de las entrañas… de donde sea. Y esa explosión es la que te genera la necesidad de crear.

Pero por mucho que se cree el mundo, para que nosotros estemos aquí ha tenido que nacer el hombre. Igual pasa en las ficciones. Se crea un mundo con la explosión, pero necesitamos poblarlos de personajes para contar historias.

En muchas mitologías, tanto la judeocristiana como otras paganas, el dios o los dioses crean un ser de barro o de otro elemento y le dan la vida. Así que eso somos, muñecos insuflados de vida por los dioses.

el nacimiento del hombre.

Cuando nos ponemos a pensar en qué nos influye, a veces caemos en el error de creer que el cine sólo nos ha influido después de conocer a Godard o aprender a escribir Ernst Lubitsch correctamente, pero eso no es así. Por eso quería incluir algo que me fascinara desde la infancia. Yo siempre había pensado que Chitty Chitty Bang Bang era como Mary Poppins, una película en el imaginario de todo el mundo, pero al crecer me di cuenta de que no, y me parece algo horroroso. Todo el mundo debe ver Chitty Chitty Bang Bang. En esta película hay muchas cosas que le pueden gustar a un niño, como un coche que vuela, pero a mí desde pequeño me atrajo especialmente este fragmento y no sabía por qué. Ahora creo que lo que me gusta es la mirada que tienen ellos dos al final. Son dos personajes que durante toda la película, de manera muy inocente porque es para niños, tienen una tensión sexual evidente y en esta mirada lo reconocen. Justo cuando están disfrazados es el momento en el que no pueden esconderse y se delatan. Tal vez había cierta excitación en mí porque en eso veía una mirada precoito, casi. Inevitablemente aparece el sexo. Se crea el mundo, nace el hombre y el hombre se reproduce a través de sus relaciones sexuales.

Y con el sexo llega la danza. No sé qué valor antropológico tendrá esto, pero me da igual porque yo creo ficciones, y me gusta pensar que aprendimos a bailar para conquistar. La danza, después de todo, es nuestro rito de cortejo.

danzad, malditos.

Este fragmento pertenece a Pas de deux, del videoartista Norman McLaren. Es muy sencillo, sin nada de posproducción, con todo el trucaje hecho en cámara, pero resulta muy hipnótico. Cuesta apartar la mirada de la imagen de estos bailarines automultiplicados que se acercan y se comunican con el movimiento de sus cuerpos. Pero si estamos hablando de sexo tal vez tengamos que ponernos más explícitos.

el origen del mundo.

Gustav Courbet llamó a este cuadro El origen del mundo.  Dudo mucho que Courbet se quedara tan en la superficie y pensara que simplemente el sexo es el origen del mundo. Verdaderamente, el origen del mundo es el amor.

Este fragmento pertenece a Johny Guitar. Aunque Johny Guitar sea un western, ésta es mi escena favorita de melodrama. El melodrama suele ser un género bastante denostado, mal visto. Queda bien decir que no te gusta el melodrama, pero a mí me parece algo absurdo, porque el 90% de las películas contienen algo melodramático. Decir que no te gusta el melodrama es como decir que no te gusta la cebolla y luego comértela en todas las salsas.

Pero volvamos al tema del que estábamos hablando. Decíamos que el origen del mundo, o de la creación, es el amor. Para crear algo hay que amar, aunque sólo sea al deseo de crear. Pero todo tiene su opuesto. El opuesto de la creación sería la destrucción, y en cierto modo hay que destruir algo para crear algo.

el origen de la guerra.

La artista francesa Orlan llamó a este cuadro El origen de la guerra, en contraposición al de Courbet.

Si para hablar del amor utilizamos un western, también vamos a utilizar otro para hablar de la guerra. Es Pat Garrey y Billy the Kid, una película de Sam Peckimpah. El western también es un género que solemos valorar negativamente, seguramente porque cuando éramos pequeños nuestros abuelos veían unos westerns horrorosos cuando nosotros queríamos ver los dibujos animados, pero algunos son maravillosos. Lo que me gusta de éste es que habla de la traición inevitable por las circunstancias. Es un western crepuscular, que habla del final del oeste, de cuando el salvaje oeste deja de ser tan salvaje porque llega la civilización. Pat Garret, que era compañero de Billy the Kid, un forajido como él, se ha pasado al lado de la civilización, de la ley, y ahora tiene que buscar a su amigo para matarlo. Es algo muy triste, y en realidad esto es lo más triste que tienen las guerras: separar a la gente en bandos y obligarles a matarse.

En este fragmento se encuentra la situación que he contado: Patt Garret matando a alguien que antes era de su bando, un viejo amigo. Pero esto pasa a un segundo plano de repente por la muerte de este señor, que siendo completamente secundario tiene una de las muertes más espectaculares del cine. La manera en la que está narrada esta muerte le da un halo casi místico. No se queda quieto donde ha recibido el tiro, sino que algo le llama hacia el río, como si fuera la vida que va al mar que es el morir. La indígena que intenta acercar se a él, pero no se atreve y le deja su espacio, su intimidad con la muerte, y sonríe mientras llora como si la muerte sólo fuera un tránsito. El cielo está encendidísimo, como habitado por un dios. Y Dylan. Dylan llamando a las puertas del cielo porque the times they are changin’.

Ya tenemos el amor y la guerra como dos polos, pero a veces estos polos se mezclan y las batallas se libran en las trincheras de los sentimientos. De todas estas guerras, las que más me gustan en la ficción son las guerras frías, en las que los bandos se arman pero no son capaces de empezar la batalla, los personajes no pueden comunicarse y todo va por dentro.

vietnam, mon amour.

Las guerras en el amor producen heridas, daño. Supongo que así debieron empezar la pena y la tristeza.

El fuego fatuo, de Louis Malle, me recuerda un poco a A Single Man, de Tom Ford. En las dos vemos un día en la vida de un hombre con deseos suicidas, pero, claro, la de Malle es francesa y por tanto más existencialista. En ella se encuentra la defición más bonita de la tristeza.

une, perpetuelle.

La pena como una angustia única y perpetua. La felicidad también es igual, una y perpetua y lo impregna todo.

Esto depende mucho de la mirada de cada uno, del sentimiento con el que decide vivir. Me gustan mucho los personajes (y las personas) que ven su vida de una forma especial, que son autores de su vida no sólo por lo que hacen sino por cómo fabulan su propia vida. Fellini es especialista en crear personajes con universos propios, que viven en paraísos artificiales que ellos mismos han creado. De estos personajes, mi favorita es Julieta de los espíritus.

dream a little dream of me.

El abuelo de Julieta tomó una decisión y su vida no volvió a ser la misma. A mí siempre me ha costado mucho tomar una decisión, menos en algunas cosas importantes. Me cuesta no por miedo a enfrentarme al camino que elijo, sino por nostalgia de no vivir lo que he decidido descartar. Antes de tomar una decisión todo puede pasar. O no pasar. A esto hay a quien le gusta llamarlo contingencia.

contingencia.

Muy relacionado con lo que pase o no pase están las casualidades y la causalidades. Todo lo que hagamos tiene una consecuencia pero hay cosas que no podemos controlar.

casualidad.

1. f. combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar.

Cuando vivía en Francia tuve una asignatura de francés horrorosa en la que teníamos que estudiarnos definiciones de las palabras. A mí aquello me enfadaba mucho porque me parecía absurdo e inútil, pero me di cuenta de que a veces una definición de diccionario es tan simple y tan fría que está abierta a más significados. Hubo una que me gustó especialmente. Collision. Choque de deux corps qui se rencontrent. Colisión. Choque de dos cuerpos que se encuentran. Una colisión empezó a parecerme algo precioso.

El siguiente fragmento trata de esto, de las casualidades/causalidades y de una colisión.

Todos estamos expuestos a esto, a que una serie de catastróficas desdichas o maravillosas casualidades sucedan y nos cambien la vida para siempre.

Tal vez sea esta incertidumbre la que nos hace querer celebrar las cosas de las que estamos seguros, la que nos hace establecer ritos. Celebramos que alguien ha nacido, celebramos cumpleaños, celebramos que ha crecido o celebramos que nos amamos y nos casamos.

Ojalá un día me encuentre yo con una boda como ésta.

las bodas de caná.

Una novia que vuela, un mono invitado y una tarta con músicos. Resulta difícil imaginar una boda más completa.

Para cerrar el ciclo, ya que empezamos hablando de la creación, tenía una pieza sobre la muerte, pero al final se me quitaron las ganas y como no creo en la muerte decidí no hablar de ella.

Decidí cerrar con un vals, porque mi mejor recuerdo de ZEMOS es un vals, para que celebrásemos bailando el banquete de la boda que acabábamos de ver y de las bodas que estuvieran por venir.

bonus track.

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I me mine

Después de unos vinos en una abacería portuguesa, un taxi me traía de vuelta a casa. El taxista me hablaba de facebook y yo, inevitablemente, no podía dejar de pensar en la generación yo.

El Renacimiento acabó con el modelo teocéntrico para dar paso a una concepción en la que el hombre era el centro de todo. Pero luego (no importa lo que tardó en llegar este luego) la segunda mitad del siglo XX despejaría la incógnita que dejaba el Renacimiento: el hombre es el centro de todo, pero ¿qué hombre? La respuesta era bien sencilla: YO.

Si el Universo entero empezaba a girar en torno al yo, la Posmodernidad nos terminó de hacer yoístas del todo con el consumo creativo. La María Antonieta de la Coppola, posmoderna hasta la médula, yoísta como la que más, come macarrones de colores, lleva peinados imposibles con maquetas de la marina mercante, bebe vinos espumosos como una cosaca y calza All Stars o Blahnik según la ocasión. María Antonieta, como yo, como tú, consume para ser una cosa y no la otra, se parece a algunos, sí, pero se diferencia de otros. ¿Que el pueblo no tiene pan? Pues que coman pasteles. En todo lo que hacemos estamos hablando de nosotros.

Me parece que hablar de uno mismo es completamente inevitable. Tal vez será porque vengo de una primera generación de redes sociales. Nos hemos expuesto en Fotolog, cuando pasamos de ser cuatro gatos a cuatro millones lo alternamos con Myspace, que más tarde abandonamos por Facebook, nos abrimos una cuenta en lastfm para dejar claro la música que escuchábamos, flirteamos con twitter para que todo el mundo supiera que nos acabábamos de levantar o que las lentejas nos habían salido de puta madre … YO en mi viaje a Berlín filtreado por gentileza de photoshop, YO que me pongo un fondo flúor y sleep with me c’mon why don’t you sleep with me shut up porque este mes se llevan los 90, YO que actualizo mi estado porque estoy contento de loco y le pongo a mis amigas un video en el muro del grupo adolescende del que estuvimos hablando ayer, YO que acabo de escuchar mi canción favorita de La Roux, yo que escribo una chorrada y lo lee una prostituta de Ohio que a saber cómo ha pasado por mi perfil y ha cliqueado sobre el follow.

De una manera a veces menos clara, y de antes de que fuéramos posmodernos, modernos o renacidos, el artista, el autor, ha hablado siempre de sí mismo a traves de sus obras, de una manera más o menos explícita, con mayor o menor conciencia de ello. ¿De qué puedes hablar si no es de tu universo? ¿Qué puedes expresar sino lo que sientes, lo que te interesa o te repugna, lo que te ha marcado, aquello que te hace llorar, gritar, sentir naúseas o soltar una carcajada?

Yo, que aún soy joven, que todavía no he hecho muchas cosas, veo esto cada vez más claro. Tal vez una obra tuya no la comprendas bien hasta que pasa un tiempo, y cuando pasa ese tiempo te das cuenta de que habías proyectado en ella cosas que llevabas dentro de una u otra forma. Tal vez las heroínas de Demasiado corazón no tenían tan poco que ver conmigo cuando su coche se alejaba hacia un horizonte incierto. Poco después del rodaje mi horizonte estaría desdibujado también, tendría tanta inseguridad como ellas y acabaría metido en un laberinto con el minotauro.

Ahora, con mi horizonte trazado, recibo un email con un encargo para el primer día del máster de la ESCAC: una presentación de mí mismo, un autoretrato audiovisual. Y yo, después de hablar de mí indirectamente tantas veces, no sé cómo hacerlo ahora. Un amigo me aconseja que mire los autorretratos de Frida para inspirarme, pero yo no sé si soy capaz de desnudarme como la Kahlo. ¿Qué quiero contar de mí? ¿Cómo quiero contarlo? YO, que llevo años generando discurso sobre mí mismo, ahora me pierdo ante el folio en blanco, ante la cinta virgen, ante el botón rojo del rec. Y no sé qué decir de mí.

Don’t bring me down

Las despedidas, los jet lags, los aviones, las maletas hechas y desechas. Demasiadas cosas para recuperar el ritmo, pero poco a poco llega.

De momento aquí dejo mi particular poema a Nueva York, el videoclip trabajo final de la New York Film Academy.

New York, I love you (and you’ll never bring me down)

Go Billy!

Billy era un niño que un buen día decidió guardar bajo llave los guantes de boxeo para no usarlos nunca más. Billy no quería dar puñetazos. Billy se puso unas zapatillas de ballet. Billy todavía no lo sabía, pero Billy quería bailar. Go Billy!

Hace ya nueve años que que el niño de la revolución personal en plena revolución minera, tomó una decisión para enseñarnos que lo más cabal es elegir ser uno mismo. Era el año 2000 y Billy Elliot salía a la gran pantalla llenando las salas y recibiendo más de un merecido premio. Cinco años después el West End londinense estrena la versión musical, consiguiendo también numerosos premios y éxito de crítica y público.

2009. La versión que Broadway nos ofrece de Billy Elliot parte como favorita indiscutible en la próxima gala de los premios Tony con quince nominaciones. Yo, que acabo de verla, espero que se las lleve todas.

El musical parte con dos ingredientes muy buenos: el guión y las letras corren a cargo de Lee Hall, el guionista de la versión cinematográfica, la música la firma Sir Elton John. Después de tres horas de espectáculo sales satisfecho de haberte gastado una fortuna, con una sonrisa y tal vez los ojos rojos de alguna lágrima traicionera. Billy Elliot demuestra que el musical no es un género menor, o no tiene por qué serlo.

El musical como género suele crear filias y fobias. Yo, que me encuentro más cercano a las filias, pienso que ambas son igual de irrazonables. Es verdad que en el musical hay mucho espectáculo barato, mucho refrito comercial con poco gusto, ¿pero acaso no es cabezonería perderse algunos títulos por posicionarse en contra? A mí me gusta reír con Cantando bajo la lluvia, tararear el America de West Side Story, sentir compasión por la pobre Sally Bowles en Cabaret, o si nos ponemos más freaks o independientes, gorgoritear con Susan Sarandonga en Rocky Horror Picture Show o creer que tenemos un alma gemela descosida de nuestra espalda con Hedwig and the Angry Inch. Y del lado del teatro, personalmente no he visto en Londres o en Broadway ningún musical que no haya valido la pena por algo. Aunque tal vez en España el caso sea diferente.

En España el musical no tenía tradición ninguna, hasta que de repente a la gente le dio por él. Casi empezó a despuntar con El hombre de la Mancha, pero sería un poco después cuando el musical empezó a extenderse por los teatros de Madrid: la magia de Broadway desembarcaba en la Gran Vía con La bella y la bestia. Aquel montaje carísimo, bien cuidado, bien hecho, llenó la sala durante años. Vinieron luego otros clásicos (Cats, El fantasma de la ópera…) que consiguieron casi el mismo éxito. Y llegó el peligro. Si los buenos musicales llenan las salas ¿las llenarían también los malos? La respuesta fue que sí, así que fin de la calidad en el musical español. Empezaron a mezclarse producciones de segunda fila con las nuevas creaciones españolas. Producciones rápidas y poco cuidadas para hacer mucho dinero y muy poco arte. No quiero hablar ni de unas ni de otras. No se lo merecen. Siempre hay excepciones, claro, como el Sweeney Todd que este otoño dirigía Mario Gas de nuevo en el Español, con una Vicky Peña soberbia.

Pido disculpas por la digresión. Siempre fui de conversaciones múltiples.

Al empezar esta noche Billy Elliot he tenido que hacer un pequeño esfuerzo para adaptarme. Lo que iba a ver no era la película. Algunas escenas más cómicas rompían el tono más serio de la película. Pero esto es Broadway, y aquí la gente viene a soñar y olvidarse de sus problemas. En la primera canción yo ya era suyo, con los primeros diálgos paso la transición para adaptarme. En la segunda canción lo han conseguido, ya soy de ellos por completo hasta el final.

Los personajes siguen siendo entrañables, complejos, con intereses enfrentados, con conflictos bien planteados. Al igual que en la película me quedo con la abuela, con la profesora y con el amigo de tendencias travestis. Y con Billy.

Michael, el amigo de Billy, sigue aportando un punto de inocencia, una mirada limpia a ser como eres y quererte de esa manera. Pero este Michael baila claqué.

La abuela, que ya por ser abuela tiene mucho ganado, vuelve a ganar un poco más sobre el escenario. En una canción para ella sola nos abre el alma, nos canta que su matrimonio era una mierda, pero que se olvidaba de todo cuando su marido la sacaba a bailar. Lo pero es que al día siguiente volvía a estar sobrios. La abuela desea volver atrás para vivir una vida sin hombres y sin pasar un día sobria. Lo hace en casa, bailando con somras de otro tiempo con una camisón de lentejuelas bajo la bata, aunque más bien parezca una historia para ser contada con un vaso de ginebra en una taberna de marineros.

Mrs. Wilkinson, la profesora de ballet de Billy, también tenía una dura competencia con la imagen en la retina de la magnífica Julie Walters para la versión cinematográfica. Vuelve a no importar, estás en otra cosa y no te acuerdas de la película. Esta Wilkinson es más estrella frustrada, más Tony Manera de provincias que algún día soñó con ser alguien, más Eva Nasarre con ansias de revista musical. Es completamente maravillosa.

La puesta en escena tiene momentos de genio, sobre todo en la unión del mundo del ballet, del mundo de Billy, con el de la huelga minera en tiempos de Margaret Tatcher. En este sentido tanto la estructura de la canción Solidarity como su puesta en escena, van acrecentando la emoción hasta llegar a un clímax perfecto. La policía intenta sofocar el levantamiento de los mineros al igual que la sociedad intentan apagar la chispa de Billy. Pero Billy tiene que encenderla. Billy tiene que demostrar que ese mundo de mujeres hay lugar para un hombre. Y heterosexual.

Tal vez el mejor momento de puesta en escena sea el final del primer acto, donde vemos perfectamente esta unión de los dos mundo, este ahogo de Billy en mitad una sociedad ahogada por la policía. Pero en esto cuenta mucho también la interpretación de Billy. Hablemos de él.

Hoy he visto a un artista, a un genio, a una estrella. Trent Kowalik lo es. Es la primera vez que veo en un teatro a todo el público en pie aplaudiendo cuando a la obra le queda al menos un cuarto de hora para acabar. Trent, después del número de la audición para el Royal Ballet se lo merecía. Y no se lo merecía sólo por la técnica, se lo merecía porque bailaba con pasión, como Billy, como hay que bailar, como hay que hacer las cosas que nos hacen felices. Trent es todavía sólo un niño, y espero que siga siendo igual de brillante a lo largo de toda su vida. Me creo cada momento de su actuación, me emociona cada vez que tiene que hacerlo. Es difícil encontrar ese grado de genio en un niño tan pequeño.

La obra, en un giro de tuerca, hace bailar a Billy consigo mismo de mayor. Y es sólo entonces cuando Billy es capaz de enfrentarse a sus miedos, cuando es capaz de enfrentarse a sí mismo. Sólo cuando es él el que se sujeta, el que se eleva en portés por los aires, es capaz de volar. Porque ¿acaso bailar no es volar al fin y al cabo? O pintar, o escribir un poema, o lo que sea que deseemos hacer. Y para saltar al vacío y emprender el vuelo tenemos que darnos un empujón nosotros mismos. Digresiones de nuevo. Será que en los dos últimos días me han hecho demasiadas preguntas profundas, demasiadas indagaciones sobre mis deseos, sobre mis anhelos. “¿Tienes muchos sueños?”, me han dicho.

Sí, tengo muchos sueños.

Mrs. Wilkinson tiene razón, we were born to boogie. Que cada uno elija pareja para el baile y decida la música que quiere bailar. Las mejores canciones están siempre a punto de empezar.

Me gusta cuando callas (porque estás como ausente)

Ir al cine tiene algo de meterse en la caverna de Platón. Desde la oscuridad, unas imágenes de otro mundo se proyectan en una pantalla, y conociendo ese mundo imaginado puedes experimentarlo, vivirlo de algún modo. La fuerza del cine hace que mientras estás viendo la película tomes por “real” el mundo que estás viendo, no importa lo diferente que sea del mundo en el que vives.

A mí, que la imagen cinematográfica me produce especial fascinación, me encantan las imágenes de cine mudo, en tanto que son más cinematográficas que reales. La calidad que ofrece una película actual te permite olvidarte casi por completo de que estás viendo una película, pero la textura del mudo te recuerda constantemente el medio que te está narrando la historia. Me gusta el parpadeo de la imagen muda, me gusta los cambios de velocidad, las manchas en el película, los bordes quemados o subexpuestos… Me gusta saber que lo que estoy viendo no es la vida real (aunque a veces intentemos que sea así), sino una obra de arte.

De repente, me doy cuenta de que tengo una cámara de cine bastante antigua, no tanto como el cine mudo, pero sí lo bastante para que con cierta película y ciertos toques la imagen quede bastante hecha polvo, bastante perjudicada, bastante muda.

Con Rapunzel, que no es más que un ejercicio de clase, no pretendo imitar al cine mudo (no sin tener el tiempo suficiente de prepararlo), pero sí homenajearlo, recordar que, si nunca volverá, tampoco se irá nunca y ahí está para recordarnos cómo empezó todo. Espero que os guste.

Los recovecos de la Wertmüller

Como sandía mientras diluvia contra mi ventana. El sol hoy ha salido tímidamente durante la hora del almuerzo haciéndonos pensar a los neoyorquinos, a mí, a las ardillas de Union Square, que la primavera había llegado. Y tal vez esté aquí, pero cargada de agua. Pienso en un nombre y busco información: Lina Wertmüller.

Odio que me pregunten por algo favorito. Me gustan tantas cosas que no puedo elegir sólo un color, una canción, una ciudad, un película, un director. Sin embargo, si empiezo a pensar en una lista de directores favoritos, siempre aparece Federico Fellini entre los primeros nombres. No recuerdo película suya que no me haya fascinado, que no haya querido volver a ver justo después de haberla terminado. Su puesta en escena barroca, a ratos onírica, siempre grandilocuente me atrapa. Julieta de los espíritus, 8 1/2, La dolce vita, La strada… Recomiendo absolutamente todas las películas de Fellini, incluso las que no he visto, porque sé que me van a gustar. Yo, que soy mitómano confeso, siempre he dicho que si tengo que llevar gafas serán como las de Marcello Mastroiani en 8 1/2. Por eso, cuando me enteré de que las aulas de la New York Film Academy tenían nombres de cineastas, me hacía ilusión que me tocara la suya. Una ilusión tonta tal vez porque pensaba que dentro de un sitio con su nombre todo lo que podría aprender sería más todavía, mejor todavía. Sin embargo todavía no la he pisado. Una vez me ha tocado Kubrick, otra Orson Welles, las demás Lina Wertmüller. ¿Pero quién es la Wertmüller esta?

Primero pienso, claro, que es alguna directora alemana. Pero llego a casa, me pongo a investigar y resulta que no. No sé de dónde sería la abuela de la Wertmüller, pero Lina es italiana. Empezó siendo actriz y (¡sorpresa!) pronto fue la asistente de dirección de Fellini en 8 1/2. La falsa alemana desconocida se convierte de repente en algo parecido a lo que yo había deseado. Empezó a dirigir en los sesenta, pero fue en la década los setenta cuando tuvo su etapa dorada. Con la película Pasqualino Settebellezze consiguión cuatro nominaciones al Oscar en 1976, siendo así la primera mujer en la historia del cine que optaba a la estatuilla por la categoría de dirección. El director de Rocky se lo arrebató. Treinta y tres años después ninguna mujer lo ha conseguido aún y sólo dos más han sido nominadas: Jane Campion por El piano y Sofia Coppola por Lost in translation. Casualmente el año anterior Federico Fellini también se quedaba a las puertas del Oscar a mejor dirección con Amarcord.

Sin embargo, la Wertmüller también tiene detalles bizarros que me ayudan a mitificarla, y a quererla (tal vez) sin haber visto una sola de sus películas. No solamente era conocida por elegir títulos tan largos que siempre se cortaban para el lanzamiento internacional, sino que su nombre está en el libro Guinnes de los récords por la película con el nombre más largo del mundo:Un fatto di sangue nel comune di Sculiana fra due uomini per causa di una vedova — si sospettano moventi politici. Amore–Morte–Shimmy. Lugano belle. Tarantelle. Tarallucci e vino. Por si esto fuera poco, hace sólo siete años se hizo un remake de su película Travolti da un insolito destino nell’azzurro mare d’agosto. ¿El nuevo título? Swept Away. ¿El director? Guy Ritchie. ¿La protagonista? Madonna.

Films de compromiso político, inicios con Fellini, escritora (de puño y letra) de la historia de la mujer en el cine, récords Guinnes, remakes con Madonna. Parece que a la Wertmüller no le falta de nada.

Lina me guarde. O mejor Arcangela Felice, su verdadero nombre. Arcangela como los ángeles. Y Felice. Después de todo la Wertmüller pinta bien.

Una estaca en el corazón

Me gusta saber poco sobre las películas que voy a ver. Normalmente las veo, y si me gustan, luego me informo. Aun así, casi sin saber nada, llega un momento en el que es difícil que te sorprendan.

Ayer me propusieron ir al cine a ver Déjame entrar, “una de vampiros sueca”. Y la sueca dio la sorpresa. Se encienden las luces: caras de todos lo colores, la gente no espera un momento para empezar a comentar. Los que sólo querían ver monstruos y dar gritos en la butaca están decepcionados. Pero otros, que a lo mejor sin esperar otra cosa nos lo hemos encontrado, estamos encantados, o al menos sorprendidos, que se agradece.

Déjame entrar es un cuento, una fábula sobre la soledad y la inadaptación. Oskar, el protagonista de 12 años, encaja tan poco con el mundo que le rodea como Eli, que también tiene 12 años, pero desde hace mucho tiempo. Eli no es una niña, Eli es un vampiro, pero parece mucho más humana que los compañeros del colegio de Oskar. Oskar y Eli son dos niños que no parecen niños, que actúan como adultos y que sienten como adultos pero con la inocencia de niños. No es ninguna novedad unir vampiros y amor, pero rara vez se hace de una manera tan elegante, tan en voz bajita, como en esta película.

De esta manera Déjame entrar juega continuamente al cambio de género, principalmente alternando el terror-fantástico con el melodrama. La sorpresa en esta película no es un golpe de música con un salto del vampiro que te haga saltar a ti del asiento. La sorpresa es que cuando acabamos de ver a la niña lanzarse sobre el cuello de alguien, pasamos a una escena que nos hace olvidarnos de que es un vampiro, y la vemos con Oskar sin estar en tensión pensando que se lo va a zampar.

El director, Tomas Alfredson, nos ofrece una cinta de estética fría y exquisita, cuidada al máximo, donde combina, una vez más haciendo uso de la escala de grises (nada es blanco, nada es negro), la más bella sencillez con momentos de exceso que casi producen comicidad. Tal vez lo más remarcable sea la cuidada puesta en escena en los momentos en los que decide contar algo con un plano fijo, sin montaje, sin movimientos de cámara, sólo lo que ocurre dentro del cuadro que ha decidido filmar.

Creo que Déjame entrar es una de esas películas que tardas en saber cuánto te ha gustado, pero que a mí, indudablemente, me ha encantado haber visto.

Si las personas a veces somos un poco monstruos, ¿por qué no darles la oportunidad a los monstruos de tener sentimientos humanos?

El futuro, mon amour

1959. Se estrena Hiroshima mon amour, dirigida por Alain Resnais. En el mismo año verían la luz Al final de la escapada y Los 400 golpes. La Nouvelle Vague había llegado, y con ella la Modernidad al cine.

2009, cincuenta años después, el ya octogenario Alain Resnais compite por la palma de oro con su nuevo film Les herbes folles.

Años 80, años 90, años 2000. Pedro Almodóvar y Quentin Tarantino, entre otros, nos ofrecen sus “gamberradas”, sus collages, sus rememezcladas y metacinematográficas películas. Lo moderno ya era viejo y había que dar paso al futuro: bendita y dislocada Posmodernidad.

2009, Inglorious Basterds de Tarantino y Los abrazos rotos de Almodóvar también compiten en Cannes.

Sin embargo, si hacemos caso de ciertas lenguas, la Posmodernidad ha muerto, y ahora estamos en otra cosa. Se han caído las torres, tenemos miedo de un ataque terrorista, de cada cinco palabras pronunciadas en cualquier medio unas tres hacen referencia a “crisis”… Fin del divertirse hasta morir.

¿Pero qué pasa con el cine? ¿Cuál es el futuro ahora? Parece que una tendencia fuerte sería la que en España podríamos encontrar con las películas de Jaime Rosales. Es decir, vuelta a los espacios muertos (más muertos y más largos que en Antonioni), falta de espectacularidad visual, importancia de lo cotidiano frente a lo sorprendente… ¿Pero está el futuro en un cine que sólo se ve en festivales o que si llega a las salas lo ven cuatro?

Habrá que esperar a ver que pasa para poder decir “el futuro ya está aquí”. Yo, por mi parte, creo que es imposible dejar de ser posmoderno de alguna manera, pero eso es algo que ya hablaremos.

Posmodernamente,
Tu párvula boca