Goodbye Neverland Rose (The day the Pop stood still)

Cena en una terraza para aprovechar los pocos momentos en los que el día perdona las horas de fuego. Llega un mensaje. Michael Jackson ha muerto. Recuerdo la época en la que en Madrid de madrugada se jugaba a decir  que la gente había muerto (Carmen Sevilla ha muerto, Marisol ha muerto, Concha Velasco ha muerto). Pienso que no es más que una broma macabra. Rumorología como la que mató a Shakira o a la mujer de un torero que no me acuerdo cómo se llama. Segundo mensaje en la mesa. “Michael Jackson ha muerto en LA“. Esto empieza a oler a verdad.

Han pasado más de diez días. Ahora el cortejo fúnebre ya ha salido, y los restos mínimos del rey del pop viajan por Los Ángeles en un ataúd forjado en oro para su último show. No quedan entradas para ver cómo baja el telón. Fin del acto. Fin de la obra. Aplausos y adiós. La estrella se ha apagado. La luz del mito no ha hecho más que empezar. Pobre Michael.

Atracón de pastillas en el castillo de los horrores, datos (falsos o no) de autopsias espeluznantes, pinchazos de sustancias mágicas que te llevan a otro mundo, Liza Minelli echando leña al fuego declarando que con la autopsia “se va a armar la de Dios”, herederos, gestores de herencias, médicos falsamente fugitivos, deudas millonarias. Ah, y un fantasma.

Yo, que nunca he sido demasiado seguidor de Jacko, no puedo sin embargo quedarme frío. Sí, saltarán los demagogos con los niños de África muertos de hambre, pero Michael ha sido el primer mito de nuestra generación en morir. Y como mito generacional, aunque no lo siguieras, estaba ahí. En la música que escuchaba tu hermano, en la camiseta de alguien que pasaba por la calle… Tal vez mi recuerdo más cercano a Michael Jackson sea jugar a su juego en la Game Gear. Michael de blanco impoluto, matar bailando. Vivir cantando, bailando, cambiando el color de la piel, la fisionomía nasal, vivir creando una disneylandia de andar por casa, casándose con la hija de otro mito, balanceando el cuerpo de su hijo sobre los tilos de Berlín, vivir llevando mascarilla, vivir creando un mundo de ilusión, maquillando la realidad.

Ojalá haya sido más feliz de lo que parece el niño que cantaba como los ángeles y aprendió a bailar como el mismo diablo.

Adios Michael, espero que allá donde estés juegues con Farrah Fawcett a llevar a cabo misiones para un hombre llamado Charlie. Dale a Farrah un beso de mi parte, y bailad toda la noche caminando sobre la luna.

Anuncios