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Un muro en el museo

La primera vez que vi una obra de Richard Serra fue en la BIACS 1. Nada más llegar al Monasterio de la Cartuja, una especie de proa de barco oxidada guardaba la puerta que albergaba el resto de la colección de arte contemporáneo. Poco después me encontré con sus piezas en la colección permanente del Guggenheim de Bilbao, y hace algo menos de dos años tuve la suerte de poder asistir a la exposición temporal que le dedicó el MOMA. Fue en esta última en la que me maravilló, en la que me sentí envuelto, literalmente, por sus obras, y enfermé un poco de síndrome de Stendhal.

Richard Serra es un escultor minimalista, que trabaja normalmente con grandes planchas de acero curvadas. Su grandes dimensiones y los pasillos que algunas de ellas crean, permiten al espectador ponerse en relación con ellas, siendo ellos mismos un parte principal de la obra.  El mismo Serra afirma que su escultura “es sobre el tiempo, el espacio y el movimiento de una persona, no es un objeto”. Las esculturas de Serra podríamos decir que son para experimentarlas, más que para observarlas. Pero esto es algo que casi podríamos aplicar al Arte Contemporáneo (o Arte Moderno o como quiera llamarse a lo que pasa desde el final de siglo XIX).

Verano de 2007. Entro en una sala enorme del MOMA. Hay varias esculturas de Serra, pero especialmente una tiene una dimensión tan grande y un trazado tan sinuoso que es imposible tener una idea desde fuera del conjunto. Tiene una abertura, un pasillo, una calle. Me meto y empiezo a caminar por dentro de la obra El pasillo, siempre curvo, no te deja ver lo que hay más allá de dos metros por delante. Si miras hacia arriba, la pared se va estrechando, y el hueco por el que ves el techo de la estancia es más pequeño que el espacio que tienes para caminar. Me parece imposible no sentir nada, pero no soy el único que hay allí. Detrás de mí, una persona mira “el muro” con cara de que no le está gustando nada, quiere encontrar la salida, aquello “no lo entiende”. ¿qué tiene un muro de acero para estar en un museo? El propio Richard Serra es consciente de este sentimiento de gran parte de la población hacia el Arte Contemporáneo. Por eso, cuando le preguntan en la entrevista que publica hoy El País por su obra que perdió el Museo Reina Sofía en 2005, responde: “lo más probable es que, sin saber que era una obra de arte, la hayan usado para construir un edificio o una autopista”.

Esto me hace pensar, reflexionar el por qué de tanto rechazo hacia el Arte Contemporáneo. Con la popularización de la fotografía (y posteriormente el cine), el Arte se quita de encima la responsabilidad de representar la realidad, por lo que queda libre para investigar, para crear sin necesidad de plasmar el mundo de una manera objetiva, para ofrecernos obras que nos proporcionen nuevas maneras de conocimiento. A mí, personalmente, me gusta todo tipo de Arte, de cualquier época, de cualquier lugar, pero casi ninguno logra emocionarme tanto como el Contemporáneo. Puedo disfrutar muchísimo contemplando una virgen gótica, pero, lo siento, creo que la sensibilidad de mi época se corresponde más con el arte de mi época. Creo que gran parte del “disgusto” ante el Contemporáneo es por una perspectiva equivocada: a quien no le gusta argumenta que no lo entiende, pero es que el Arte Contemporáneo no hay que entenderlo, hay que sentirlo.

¿Qué tiene que entender un muro de acero? Me parece difícil cerebralizarlo, yo simplemente me meto y experimento sensaciones. Ver una monocromía azul de Yves Klein me emociona por mucho que sea nada más (o nada menos) que un lienzo pintado entero de azul. Tal vez el problema sea el miedo a lo que se escapa de la razón. Pero la razón es algo muy de la Modernidad en el sentido más histórico de la palabra, y por tanto muy demodé desde que la cabeza de María Antonieta rodó cadalso abajo.

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El futuro, mon amour

1959. Se estrena Hiroshima mon amour, dirigida por Alain Resnais. En el mismo año verían la luz Al final de la escapada y Los 400 golpes. La Nouvelle Vague había llegado, y con ella la Modernidad al cine.

2009, cincuenta años después, el ya octogenario Alain Resnais compite por la palma de oro con su nuevo film Les herbes folles.

Años 80, años 90, años 2000. Pedro Almodóvar y Quentin Tarantino, entre otros, nos ofrecen sus “gamberradas”, sus collages, sus rememezcladas y metacinematográficas películas. Lo moderno ya era viejo y había que dar paso al futuro: bendita y dislocada Posmodernidad.

2009, Inglorious Basterds de Tarantino y Los abrazos rotos de Almodóvar también compiten en Cannes.

Sin embargo, si hacemos caso de ciertas lenguas, la Posmodernidad ha muerto, y ahora estamos en otra cosa. Se han caído las torres, tenemos miedo de un ataque terrorista, de cada cinco palabras pronunciadas en cualquier medio unas tres hacen referencia a “crisis”… Fin del divertirse hasta morir.

¿Pero qué pasa con el cine? ¿Cuál es el futuro ahora? Parece que una tendencia fuerte sería la que en España podríamos encontrar con las películas de Jaime Rosales. Es decir, vuelta a los espacios muertos (más muertos y más largos que en Antonioni), falta de espectacularidad visual, importancia de lo cotidiano frente a lo sorprendente… ¿Pero está el futuro en un cine que sólo se ve en festivales o que si llega a las salas lo ven cuatro?

Habrá que esperar a ver que pasa para poder decir “el futuro ya está aquí”. Yo, por mi parte, creo que es imposible dejar de ser posmoderno de alguna manera, pero eso es algo que ya hablaremos.

Posmodernamente,
Tu párvula boca