En la Disneylandia del terror

por tuparvulaboca

Como uvas y queso francés mientras apuro las últimas gotas de un licor de ultramar. Mascarillas postindustriales y envases de alcohol vacíos desolan el panorama de mi habitación después de la Fiesta Porcina. Un deportivo de dudoso gusto acaba de dejarme en la puerta del palacio donde hace apenas unas horas Cinderella olvidó sus zapatos. I love New York.

Dije hace muy poco que una de mis asignaturas pendientes de la ciudad era el Guggenheim. Eso era, claro está, hablando de la parte cultural, de la parte mainstream, del top 20 de Nueva York. Pero del lado ocioso, de lado under mainstream, del lado bizarro, mi gran asignatura era Coney Island.

Coney Island es un túnel en el tiempo, un viaje a la América profunda, a la clase media-baja de este país, un parque de atracciones de otra época, que hace poco amenazó con ser derrumbado pero que el cariño bizarro ha mantenido en pie. Cada año una cabalgata de sirenas celebra la existencia de este monumento freak compuesto de tenderetes de porquerías, atracciones de otro siglo y un playa tóxica.

Coney Island está lejos, bastante lejos. Esto ha ayudado a mantener su autenticidad. Sólo lugareños de Brooklyn y fetichistas del bizarre acudimos a este punto in the middel of nowhere sólo para decir que hemos estado. La cosa es que una vez estás da igual decirlo o no, disfrutas del decadente vintage de su esencia minuto a minuto.

Nada más bajar del metro te recibe Nathan’s, tugurio de fritanga rápida americana con unas patatas con queso radiactivas que suman las calorías que tu cuerpo necesita en tres días. Esto es América y no Nueva York. Nueva York es otra cosa, que casualmente está en América. Paseamos deslumbrados por los neones que parpadean eclipsando la luz del sol. Comemos malvaviscos, como en tantos dibujos animados, para descubrir que no son exactamente esponjitas. Manzanas de mil caramelos relucen mutantes en los escaparates, vigiladas desde lo alto por algodones de azúcar multicolor.

Camino a la playa manojos de globos discurren entre el suelo y el cielo según el helio que quede en su interior. En un solar, la medianera de un edificio casi en ruinas se adorna con una pintura de baseboll. God bless America. Los desauciados de la torre de Babel tumban sus cuerpos en la arena intentando aprovechar los últimos rayos de sol. Una palmera de plástico levanta su tronco orgullosa, y al lado, un niño negro salta sobre la montaña que él mismo ha construido. Intentamos subir, pero el niño es buen vigía, y nos cuesta convencerlo. Merece la pena. Indudablemente las vistas son mejores medio metro más arriba. Avistamos la noria. No una noria cualquiera, es la Wonder Wheel.Esta noria, además de noria, es prima hermana de una motaña rusa, por lo que sus calesas se van moviendo a medida que giras. Desde arriba más atracciones bizarras, carpas sucias, luces de neón, bombillas fundidas, apartamentos de ladrillo amenazante, el puente de Brooklyn, la palmera falsa y el mar.

Nada más bajar una máquina de predicciones. Encerrada en ella una señora mayor con un pañuelo de monedas anudado en la cabeza, una vidente que, haciendo caso de su aspecto, debe tener años de experiencia. Años de plástico. Experiencia de plástico. Con venticinco centavos descubro mi porvenir. Es alentador. La señora debe tener razón.

Casetas de tiro, de daros, de pistolas de agua que quieren que juegues aunque seas el único participante (y por tanto ganador), un solar donde los visitantes más despiadados juegan a tiro al freak. Al fondo se avista Cyclone, una montaña rusa hecha polvo. Vamos a verla. Pasamos por un freak show que anuncia miles de seres bicéfalos, experiencias increíbles, la existencia de la mujer araña. Nos da demasiado miedo que sea verdad como para entrar. Topamos con vitrinas con más seres de plástico.

Érase una vez Miss Coney Island. Miss Coney te hace su baile de la muerte por sólo venticinco centavos (el mismo precio de averiguar tu destino).  Ritmo de engranajes bajo el plástico cubierto por estampados de flores, complementados con botas casi ortopédicas. Miss Coney Island tiene la mirada triste, perdida, como ausente. Miss Coney, puta de escaparate. Payasa barata que baila para el peor postor. Que Dios salve a la Miss.

Atardece en Coney Island. En la verdadera América profunda. Es hora de volver a la falsa Nueva York. Falsa en el mejor sentido. Falsa en que se parece tanto a las películas que la han recreado, que casi parece un parque de atracciones de sí misma. Falsa porque es aunténtica, falsa porque es irreal y es como un sueño. Falsa porque es actriz. Y poetisa.

Me voy a la cama. Dentro de cinco horas mis ojeras tienen que dar cuentas ante el cine taiwanés.

 

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